Guy de Maupassant, "Le Horle"

"¿Has pensado que sólo ves la cienmilésima parte de lo que existe? Considera, por ejemplo, el viento, que es la más grande de las fuerzas de la naturaleza. Derriba a los hombres, destruye casas, arranca los árboles de raíz, agita los mares formando olas gigantescas que azotan los acantilados y lanza los barcos contra los peñascos. El viento silba, ruge, brama, incluso mata a veces. ¿Lo has visto? Sin embargo, existe" (Guy de Maupassant, "Le Horle")
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jueves, 22 de marzo de 2012

Do svidania.


— Baja el arma, por favor — rogó la mujer entre ahogados sollozos, pero sin atreverse a alzar la vista en nuestra dirección. Aferraba al pequeñuelo con desesperación entre sus manos temblorosas, como el borracho sediento haría con la última botella de bourbon. Aquel patético intento por su parte de salir con vida iba a servir de muy poco, y casi la compadecía por ello. Durante más de cinco años había tratado de derretir el corazón de Anatoli, incapaz, al parecer, de comprender que mi jefe sólo utilizaba ese órgano para bombear sangre.

— ¿No podías conformarte con ser mi mujer? ¿No podías mantenerte al margen, cariño?
           
El tono desdeñoso que empleó al pronunciar aquel apelativo, que en otro tiempo había sido una muestra de su afecto por ella, quedó subrayado por su estridente acento eslavo, haciendo que aquella zorra se estremeciera de terror de pies a cabeza. Al fin parecía comprender que aquello no era un juego.
           
— ¡Anatoli, tienes que perdonarme! — comenzó a gritar con histeria exacerbada, haciendo que mis tímpanos se resintieran de forma considerable — ¡Pero tú tienes la culpa de todo! Si no te hubieses acostado con esa puta…
           
— ¡Cierra la boca! —exclamó el interpelado, perdiendo fugazmente la calma por primera vez aquella noche — Habría podido perdonarte cualquier cosa, Sabina, pero mezclar a la policía en esto… Ésa no ha sido una decisión muy inteligente por tu parte.
           
La elocuente mirada que acompañaba a esas palabras no dejaba lugar a dudas sobre lo que mi jefe pensaba hacerle a su venerada esposa. No pude contener una sonrisa ladina. Por fin el tiempo ponía a cada uno en su sitio. 

— ¡No puedes matarme! — gritó al tope de sus pulmones, apretando al niño contra sí con todas las fuerzas que aquel descontrolado brote psicótico le había insuflado a su cuerpo — ¡Soy tu esposa, la madre de tu hijo!

— No permitiré que una zorra traidora críe a mi hijo.

Una milésima de segundo después, y con la elegancia y frialdad que siempre lo habían caracterizado, apuntó su arma en dirección al rostro de ninfa de su esposa, sin importarle siquiera la presencia de su hijo. Sabina, apurando el último cartucho que le quedaba, alzó su altanera mirada y la fijó, desafiante, en la de Anatoli. Por un momento temí que aquel gesto lo desestabilizara y detuviera la ejecución, pero mi jefe se mantuvo firme. Apretó el gatillo de su revolver con una determinación en su mirada que yo, en todos mis años de servicio, nunca había visto en él.

La vida, que segundos antes había ardido con agitada pasión en las venas de Sabina, abandonó ahora su cuerpo, reduciéndolo a un vulgar envoltorio obsceno y deslucido. Su rostro había quedado desfigurado e irreconocible, apenas sí podía percibirse la desdibujada mueca de horror que había coronado sus labios momentos antes de aquel trágico final.
           
Durante los minutos que siguieron, el único sonido que rasgaba aquel ambiente fúnebre era el insoportable lloriqueo del pequeño Iván que, arrodillado junto al cadáver de su madre, parecía no ser capaz de comprender por qué su mamá no le respondía, por qué estaba tan quieta. El pobre crío estaba empapado de la sangre de aquella bruja y apestaba a muerte y desolación.
           
— Llévate al niño de aquí. Ya ha visto todo lo que tenía que ver — me ordenó Anatoli, antes de dirigir una última mirada al fresco y profanado cadáver de Sabina —. Do svidania, dorogaya

domingo, 4 de marzo de 2012

Lazos de sangre

Buenas noches, chic@s. Hoy os traigo un relato nuevo (¡por fin!) que espero que os guste e impacte (El final sobre todo XDD). Debo decir que en los últimos días andaba escasa de inspiración (el último capítulo de FFR es prueba de ello porque debo reconocer que me ha quedado una auténtica chapuza), pero hoy he visto por fin la luz al final del túnel. Este relato, y sin que sirva de precedentes, ha comenzado a hilarse en mi cabeza a partir de un anuncio de perfumes de Yves Saint Laurent (qué pija me estoy volviendo, jajajajaja XDDDD), o más bien de una de las escenas. Luego, conforme he ido escribiendo, la música de Queen me ha ido guiando hacia caminos más macarras y el perpetuo recuerdo de la peli El pacto de los lobos que vi hace poco y me fascinó (creo que ya lo dije en otra entrada, me repito más que el alioli XDDD) ha hecho que tomé prestado sutilmente un rasgo de su trama argumental... Retorciéndolo un poco... Wowowowowow. En fin, que no me enrollo más y que espero subir pronto más cositas de calidad, chic@s. Espero que os esté yendo todo bien y también espero poder pasarme por vuestros blogs con más asiduidad. ¡Un besito! 




Hacía unos minutos que el reloj de la catedral había dado las doce. Como siempre, llegaba tarde, aunque algo le decía que Elisabetta tampoco se enfadaría con él en esta ocasión. Estaba ya demasiado acostumbrada a su impuntualidad, tan inherente a su naturaleza que casi no se podía considerar como un defecto, sino como un rasgo más que conformaba su intrincada alma.
           
Atravesó la puerta del local como una exhalación, atropellando en el proceso a una ancianita ataviada con un arsenal de joyas. La vieja le lanzó una mirada fulminante que en modo alguno disipó su afán por alcanzar la sala de recepciones en un tiempo récord, pero que sin duda lo instó a calmar en parte su frenética agitación.
           
Subió las escaleras de dos en dos, agradeciendo mentalmente que no hubiera mucha gente circulando por ellas a esas horas de la noche. El delicado y armonioso quejido producido por los violines penetraba a través de los vetustos muros, instándole a incrementar la marcha, pero se refrenó a tiempo de provocar otro accidente similar al anterior. Tenía que demostrarle a su Elizabetta, aunque no fuera cierto, que era un caballero de modales impecables.
           
Las interminables escaleras de caracol finalmente lo condujeron a la última planta del local, donde el pequeño concerto que se celebraba cada viernes por la noche estaba teniendo lugar. El muchacho que se encontraba junto a la puerta, controlando que ningún listillo sin entrada se colara en el recital, lo saludó con una amistosa inclinación de cabeza y le indicó con un gesto cuál era su asiento. Él asintió y le dio al muchacho una generosa propina por su fingida amabilidad, antes de alzar su mirada azul hacia el centro del pequeño escenario, donde su ángel brillaba con luz propia interpretando una bella balada que ella misma había compuesto la semana anterior.

La azafranada luz de las velas arrancaba sutiles reflejos dorados a la blanquecina piel de la muchacha, mientras que ella hacía lo propio con las cuerdas del violín, consiguiendo una afrutada melodía que embriagaba los sentidos de todo el público asistente, pero los de él en particular.  
           
Elisabetta sonrió complacida ante su atenta mirada. No se perdía ni uno solo de los movimientos de sus virtuosos dedos. Unos años atrás, cuando se le concedió por primera vez el honor de participar en un concierto como solista, aquellos anhelantes ojos azules posados sobre ella habían conseguido ponerla nerviosa durante unos segundos. Entonces era todavía una niña joven e inexperta que quería deslumbrarlo con su talento, pero la experiencia le había enseñado que no le hacía falta ningún violín para fascinar a ese hombre…
           
Se permitió dirigir una única mirada en su dirección para no perder demasiado la concentración. Misha no era la clásica belleza masculina, ni mucho menos. De hecho, si te fijabas únicamente en su físico, distaba mucho de ser hombre perfecto. Su prominente nariz aguileña y las bolsas que el paso del tiempo había formado bajo sus ojos le restaban gran parte de su tractivo que, sin embargo, se veía reforzado por su azul mirada y mandíbula ancha. No se trataba de un hombre fornido, sino que era más bien delgado y atlético, con una altura considerable que reafirmaba el aura intimidante y oscura que lo caracterizaba. Incluso su común cabello castaño le resultaba irresistible…
           
Mierda. Se había desconcentrado. Apartó rápidamente la mirada de su rostro y se centró de nuevo en la pieza musical. Se había confundido de nota en dos ocasiones y, aunque el resto de la sala no parecía haberlo advertido, él lo había hecho. Mierda. Toda la semana preparando aquella actuación para él y… Claro que la culpa era suya por haber llegado tarde… Como siempre.
           
“¡Céntrate o te confundirás otra vez!”, se riñó a sí misma. Pero aquello era más fácil decirlo que hacerlo. Ese hombre tenía sus sentidos totalmente subyugados. No importaba la diferencia de edad, no importaba que él no fuera perfecto, no importaba que ellos en realidad fueran…
           
— ¡Magnífico, Elisabetta! ¡Magnífico, querida! — la felicitó entusiasmada madame Christine cuando hubo terminado la actuación, subrayando las erres con su delicioso acento francés.
           
Merci beaucoup, madame — replicó la muchacha con una forzada sonrisa, tratando de hacerse camino entre el gentío de admiradores que la rodeaban para poder llegar hasta él.
           
Se quedó sin aliento cuando quedó frente a aquel hombre ataviado de negro de pies a cabeza. A pesar de que la mayor parte del tiempo Misha se empeñaba en mantener el estilismo desaliñado que lo caracterizaba, la noche de los viernes se ponía siempre sus mejores galas, como si supiera que con esa sencilla acción la tenía totalmente rendida a sus pies. Aquella noche incluso se había afeitado, gesto que parecía indicar sus deseos de que aquella velada terminara de una manera especialmente satisfactoria para ambos…
           
Dobry vecher, preciosa — la saludó, esbozando una de sus ladinas sonrisas, que tan nerviosa la ponían siempre, a pesar de que llevaban juntos más de media vida… Mucho más.
           
— Me he equivocado en dos notas — soltó ella abruptamente, sintiendo que le temblaban las piernas. Él era el único con el que se permitía sentirse vulnerable.
           
— Nadie lo ha notado.
           
— Tú sí.
           
Misha la atravesó con su glacial mirada antes de rodearla por la cintura con sus brazos. Su elevada altura la hizo sentirse de nuevo como una niña atrapada entre las “fauces” de su hermano. Su hermano. Hacía tantos años que no utilizaba esa palabra para referirse a él…
           
— ¿Por qué no nos vamos a casa, eh? — susurró él contra su cuello, haciéndole cosquillas con la punta de la nariz… Arrancándole escalofríos debido al contacto con su cálido aliento… — Tengo el remedio perfecto para que recuperes el buen humor…
           
Elisabetta estalló en una sonora carcajada por la desvergüenza de la que Misha hacía siempre gala en los momentos y lugares más inoportunos. Varias personas, entre ellas su incondicional admiradora madame Christine, se giraron en su dirección para mirarlos con abierta desaprobación.

“Los viejos”, pensó Misha, “siempre miran mal a los jóvenes que se divierten haciendo cosas que ellos en sus años mozos no pudieron hacer por vergüenza o imposiciones sociales”. Ése, sin embargo, nunca había sido un problema para él. Hacía tiempo ya que había eliminado el único obstáculo que se interponía entre él y su felicidad. Y aunque para otros aquello pudiera ser considerado como una atrocidad, él no se arrepentía lo más mínimo de sus acciones pasadas.
           
— Sí, Misha, vámonos a casa — replicó ella con una dulce sonrisa, echándole los brazos al cuello. La casa que sus padres con tanto esfuerzo habían construido y que ellos a su muerte habían heredado… 

lunes, 16 de enero de 2012

Quema de brujas.

Bon soir, ladies and gentlemen! Com esteu hui? XD. Bueno, llevo ya varias semanas sin subir nada por aquí ni al otro blog pero esta vez no es por falta de inspiración. Algunos de vosotros ya sabéis que los universitarios estamos con los exámenes a tope (hoy mismo he tenido uno y aún me quedan 3 para acabar mi tortura). Casi prefería el instituto, no sólo por la gente y la mecánica del trabajo, sino porque había exámenes parciales y no te jugabas la nota a una sola carta TT. Anyway, no estoy aquí para aburriros con mis mierdas, que bastante tendréis ya vosotros con lo vuestro. Sólo quería subir un relato que, de hecho, ya subí en la entrada donde publiqué los nombres y los relatos que ganaron mi concurso, pero, por si alguien no leyó esa entrada, pues voy a subir ese relato, "Quema de brujas", aquí. Es el relato que escribí dedicado a los ganadores, (Kirtashalina, Kapy and Laura), y que espero que os guste. También quiero informaros de que el día 24 hago mi último examen (teoría de la literatura) y que a partir de ese día tendré una semana en la que no tengo clase, ni exámenes, ni res de res, con lo que me pasaré por los blogs que tengo abandonados (entre ellos el de mi estimado Lestat cuya nueva historia tiene muy buena pinta y tengo ganitas de seguirla) y subiré relatos, capítulos y una entrevista que llevo ya tiempo queriendo hacer (la entrevista a mi camarada Kapy). Bien, después del rollo que os he soltado, procedo ahora a subir el relato. ¡Un beso y que os vaya todo bien, chic@s!







Los ojos del populacho brillaban con la desesperada necesidad de un perro hambriento, al que, llevando días enteros sin probar bocado, su dueño sólo tiene a bien lanzarle las sobras rosigadas de un guiso frío y pasado. Los espías que la Santa Inquisición tenía entre la plebe se habían encargado de hacer correr la voz para congregar a todo el pueblo alrededor del patíbulo donde ardería la bruja.

Sólo desgarraban la quietud que precede a la aurora los insultos desdeñosos de aquellos que hasta hacía poco menos de una semana habían acudido como fieles devotos a la botica de aquella desdichada que hoy moriría, consumida entre las llamas, en busca de las pociones milagrosas que ésta ofrecía para poder alimentar a su pequeña.

Y es que no sólo las campesinas más supersticiosas iban en busca de su ayuda, demandándole entre súplicas sus elaborados filtros de amor. En más de una ocasión se había visto, envuelta entre ropajes oscuros y al amparo de la negrura de la noche, a la marquesa de la villa tocar a su puerta, pagándole con sus sucias monedas brebajes abortivos con los que enmendaba después el resultado de sus escarceos amorosos con el rey de las Españas.

Y ahora, la misma gente que antes la había buscado y alabado para que los ayudara a llevar a cabo sus más oscuros deseos, le lanzaba con una furia injustificada fruta podrida y objetos de diversa índole, tildándola de “puta” y “bruja”, como si aquél fuera el peor de los pecados.
           
La subieron al patíbulo—su nívea y esbelta figura de antaño mancillada ahora por los latigazos y cardenales que las conocidas torturas de la Inquisición habían obrado sobre su cuerpo—y la ataron, como si no fuera más que un despreciable animal, a la pira en la que segundos después ardería para así purificar su alma pecadora.
           
— Arrepiéntete de tus pecados, hija mía, y el Señor en su infinita misericordia no dudará en perdonarte y en acogerte de nuevo en su seno — le ofreció el cardenal de la villa, el mismo que la noche anterior la había violado impunemente en su celda, demostrándole así el inquebrantable poder divino que él, por la gracia de Dios, ostentaba con orgullo.
           
— ¡Púdrase en el infierno, cardenal! — exclamó ella con las pocas fuerzas que le quedaban, antes de escupirle en la cara al hombre que había arruinado su vida y la de su hija para siempre.

El cardenal, furioso por semejante atentado contra su persona, no vaciló en alzar su mano, la derecha, por supuesto, dando así al verdugo la inequívoca señal de que procediera. El encapuchado, sin atreverse siquiera a mirar a los ojos de la pobre desgraciada, prendió fuego con la antorcha que portaba en su mano a los leños que habían dispuestos a los pies de la acusada.

El fuego comenzó a extenderse por la pútrida madera que rodeaba a la bruja, como si los coros de la enfebrecida plebe, que parecía pasar por alto el hecho obvio de que al día siguiente cualquiera de ellos podría verse envuelta en aquella misma situación, lo instarán a expandirse hasta arrasar con el último de los cabellos de la joven, reduciéndola a cenizas.
           
El olor a carne quemada no tardó en impregnar el aire de la plaza Mayor, haciéndolo prácticamente irrespirable. Los insultos sin sentido del populacho se mezclaban ahora con los gritos agónicos que lanzaba la muchacha, que se encontraba ya a las puertas de la muerte. Los niños asistentes a aquel espectáculo macabro y enfermizo se divertían haciendo bromas y observando como el anaranjado fuego lamía en sentido ascendente el maltrecho cuerpo de la víctima. Quiso el Señor, aquél en cuyo nombre tantos indecibles crímenes se han cometido, que la madre de uno de aquellos infelices renacuajos corriera, tan sólo un mes después, la misma suerte que aquella desdichada.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena



Otra nochebuena más, a solas en la sala de estar con la única compañía de un cigarrillo medio consumido que se balanceaba peligrosamente en el borde del cenicero. Sus pies desnudos acariciaban distraídamente el helado suelo de linóleo blanco que su madre había elegido, ahora tantos años atrás, para que hiciera juego con el color de las paredes. Pero lo cierto es que era ya apenas perceptible el blanco impoluto que una vez había revestido los muros de aquella casa, impregnados ahora por un tono amarillento, genuino sello que el tabaco deja allá por donde pasa.

Le dio una última calada al cigarrillo antes de apagarlo para poder encenderse otro. La anaranjada luz procedente de las farolas de la calle penetraba levemente por la ventana de la estancia, proyectando así sombras fantasmagóricas en la pared que había frente a ella. No importaba ya. Hacía tiempo que no le daban miedo los fantasmas. Las bofetadas de la vida la habían enseñado a temer a los vivos más que a los muertos.

Apoyó los pies sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sofá. No tenía motivos para celebrar aquella absurda fiesta. Ni siquiera era católica y aquellas fechas siempre le habían provocado náuseas. Y desde que ella se fue… Aquel odio injustificado hacia aquellas festividades no había hecho sino intensificarse. No había necesidad de fingir: no le gustaba la gente y mucho menos aún si esa gente formaba parte de su familia. Si no se sentaba alrededor de una mesa a comer con sus hermanos y padres ningún otro día del año, puesto que ninguno de ellos podía soportar la vergüenza de compartir siquiera el mismo aire con una desviada como ella, ¿por qué era diferente aquella noche? ¿Acaso aquellos parásitos inmundos que se hacían llamar su familia no eran conscientes de que la falsa sonrisa que se formaba en sus labios cada vez que la miraban no era en absoluto convincente?

Hacía años que no se reunía con ellos por esas fechas, sí, pero por alguna extraña razón aquel año su corazón anhelaba la compañía de otra alma humana, o en su defecto, un cuerpo caliente que compartiera su espacio vital y que la hiciera olvidarse, al menos por un rato, del inexorable bucle de decadencia en el que se había sumido su vida.
Llamaban a la puerta. Dirigió una rápida mirada al reloj que había sobre su mesita y no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción. Por fin la agencia le mandaba una chica puntual.

Se levantó del sofá en dirección a la puerta, dando gracias en su fuero interno a aquella chica por trabajar en una noche tan señalada del año. La dejó pasar sin apenas fijarse en su físico. La apariencia ciertamente era lo de menos, lo más importante era que aquella chica hiciera bien su trabajo, pues para eso iba a pagarle.

— Hola, me llamo Anaís — se presentó la chica, que parecía estar algo nerviosa, antes de sentarse a su lado en el sofá. Parecía más una quinceañera virginal que una puta de lujo y lo cierto es que, en cierto modo, eso la excitó más. Puede que aquella niña le recordara a Laura, o puede simplemente que llevara demasiados meses sin catar hembra alguna —. ¿Cómo te llamas tú?

— ¿Sabes? — inquirió con un deje de impaciencia tiñendo su voz — No te pago precisamente para que hables…

martes, 22 de noviembre de 2011

El beso de la muerte

Buenas tardes, damas y caballeros. Hoy tenemos un día lluvioso en la ciudad de Valencia, espero que vosotros también hayáis sido bendecidos con esta hermosa manifestación de la naturaleza en vuestras respectivas ciudades, pues no hay nada mejor para inspirarse que una buena tormenta otoñal. Lo que me recuerda a la gran canción de los Guns, "November Rain". Sin duda, nunca mejor dicho, jajaja. Bien, después de la catástrofe electoral que sufrimos el domingo por la noche (si hay algún lector del PP, entonces él o ella pensarán de una manera diferente a la de esta servidora), me deprimí bastante. Fue una noche en la que, como se suele decir, reí por no llorar. Anyway, soy de la opinión de que la inspiración llega con más fuerza en los momentos de bajón, de rabia... En los momentos en que tu cuerpo es un volcán en erupción, y tus crispados sentimientos son la ardiente lava que sueltas a borbotones, sin importar cuántas ciudades enteras arrastres a tu paso. Eso, unido a la lluvia (que incluso ayer caía con más fuerza que hoy), a dos canciones de Aerosmith, que como siga escuchando taaaan a menudo al final voy a aborrecer ("I don't wanna miss a thing" and "What it takes?"), y a que "Águila roja" va de capa caída y anoche estaba súper aburrida se confabularon para inspirarme. Supongo que el hecho de que recientemente haya terminado de leer el libro de "Drácula" (a fuckin' masterpiece of the English literature que todo el mundo debería leer, en vez de esa mierda llamada "Crepúsculo") también es una parte esencial, no sólo en que haya decido subir un nuevo relato, sino también que haya intentado cuidar un poco más mi manera de expresarme. Me he dado cuenta de que, al estudiar con tanto ahínco el idioma inglés (y ahora también el francés) estoy descuidando mi lengua materna, uno de los pocos tesoros que le queda a este país en vías de destrucción. Hay que cuidar nuestro idioma, y no lo digo sólo como filóloga, sino también como ciudadana preocupada por la cultura en este país. Entre Rajoy, los chonis, Belén Esteban y la música chorra (no digo que escuchéis rock, pero sí música de calidad XDD) están cargándose el país y creando una juventud ignorante, sin pensamiento crítico, sin objetivos en la vida más allá de fumarse un porro o irse de botellón... ¿Y esto a qué venía? ¡Ah, sí! Ayer por la noche escribí un nuevo relato. Espero que lo disfrutéis y que os haga olvidar un poco la mierda de sociedad en la que vivimos. No os aburro ya más con mi cháchara. Y como diría my beloved Dave Mustaine: This is it. This is the countdown to extinction. 












La helada brisa invernal me despertó aquella mañana con la suave cadencia de una caricia. Las elegantes sábanas de satén color rojo sangre estaban desperdigadas por todo el suelo de la estancia, como si alguien las hubiera arrancado con furia de la cama, dejándose llevar por un colérico arrebato. Alcé la vista, recorriendo con una rápida mirada el lúgubre dormitorio en el que me hallaba. Aparte del lecho sobre el que había reposado la noche anterior, en cuyo cabecero de madera aparecía representado un intrincado diseño, consistente en una enredadera encadenada que se extendía hasta las patas de la cama, la decoración en aquella habitación brillaba por su ausencia.
           
Había un armario, presumiblemente realizado en el mismo material que el cabecero, y un mullido sillón de cuero negro, desgastado ya por el paso del tiempo, junto a la puerta. Sobre la mesilla de noche, colocada a pocos centímetros de la cama, descansaban una pila de papeles amarillentos y carcomidos de los que yo creía tener un vago recuerdo. Un recuerdo que era incorpóreo, como la figura de un fantasma en medio de una noche de tormenta. Impreciso como un sueño, intangible como el aire…
           
El sonido acompasado y jadeante que sentí entonces sobre mi oído me hizo comprender que no me encontraba sola en la habitación. No. El cálido aliento que sentía sobre mi nuca y que hacía que el vello de aquella zona tan delicada de mi piel se erizara era demasiado real como para ser un mero producto de mi imaginación.
           
Tragué saliva, sintiendo cómo el miedo agarrotaba cada músculo de mi cuerpo. No recordaba cómo había llegado a ese lugar. Es más, no recordaba nada de la noche anterior, más allá de haber regresado tarde a casa después de mi diario paseo vespertino. Algo había sucedido en el tiempo comprendido entre sacar las llaves de casa del bolsillo de mis vaqueros y abrir la puerta con ellas. Algo, sí… Pero ¿qué?
           
Giré el rostro en su dirección muy despacio, apretando los puños con fuerza, pues éstos eran las únicas armas que tenía, en caso de que tuviera que defenderme de aquel extraño. Mas todo el miedo que había insuflado aquella enérgica determinación se desvaneció de golpe, en el preciso instante en que mis ojos se cruzaron con aquellas pupilas de profundo color zafiro. Unos ojos en cuyas profundidades refulgía la astuta sabiduría que sólo la experiencia puede otorgar. Y, sin embargo, aquel hombre no aparentaba pasar de la treintena…
           
— ¿Qui-quién es usted? — acerté a preguntar con un hilo de voz.
           
El extraño esbozó una media sonrisa, antes de extender una de sus manos hacia mi rostro, con aire vacilante. En un acto reflejo, aparté mi rostro de la trayectoria de su brazo, algo que pareció molestarle en grado sumo. Sentía su cristalina mirada posada sobre mi cuerpo, estudiando hasta mi más mínimo movimiento. En un intento por mostrarme fuerte y fingir que su escrutinio me era indiferente, clavé mis ojos en los suyos con aire desafiante. Aquel gesto me permitió observar con mayor comodidad a mi impuesto acompañante.
           
Pude apreciar que era un hombre elegante, impecablemente ataviado con un traje color gris perla y un chaleco del mismo color sobre una camisa blanca de seda. El largo cabello castaño oscuro le caía en cascada por la espalda, con la rebeldía indómita que caracteriza a los músicos de rock. Aunque sin duda, el rasgo más atrayente y sensual de su físico era la combinación fatal entre el bigote y la perilla en forma triangular, que le conferían a su rostro los rasgos de un auténtico diablo.   
           
— Mi nombre es Vladimir — respondió, en un español muy rudimentario, con marcado acento del Este.
           
— ¿Cómo me ha traído hasta aquí? ¿Qué es lo que quiere de mí?
           
A pesar de que aquel momento habría exigido una mayor agitación por mi parte, la mirada azul con la que me contemplaba aquel extraño me tenía totalmente hipnotizada. Me sentía incapaz de sentirme, siquiera, incómoda en su presencia.
           
— Necesito una compañera — replicó, como si aquello fuera lo más normal del mundo —. Llevo solo mucho tiempo…
           
Un profundo sopor comenzó a inundarme, a pesar de que la pasada noche había disfrutado de, por lo menos, ocho horas de sueño reparador. Algo en mi interior me decía que era él, el tal Vladimir, quien estaba provocando en mí aquel adormecimiento.
           
Fue inútil luchar contra él; en menos de medio minuto yacía, tendida de nuevo de espaldas sobre la cama, pero con una leve diferencia: aquel extraño de oscuros cabellos se encontraba ahora sobre mí.
           
— Te dolerá un poco al principio, pero después sólo experimentarás el más absoluto de los placeres — susurró contra mi oído.
           
Aquella afirmación provocó que, a pesar del entumecimiento en el que me hallaba, un acceso de terror sacudiera mi cuerpo. Terror que no hizo sino aumentar cuando aquel hombre separó lentamente sus labios, descubriendo así sus puntiagudos y afilados caninos, más propios de una bestia salvaje que de un hombre.
           
Ni siquiera tuve ocasión de gritar. Aquel animal apresó mis muñecas con una de sus férreas y gélidas manos, al tiempo que incrementaba la presión que estaba ejerciendo sobre mi cuerpo. Esbozando una obscena sonrisa que no era de este mundo, inclinó su rostro sobre mi cuerpo, antes de posar sus labios entreabiertos sobre mi cuello desnudo. La última visión que tuve antes de hundirme en los oscuros y movedizos parajes de la inconsciencia, fueron aquellos ojos, claros como el día, y al mismo tiempo tan misteriosos e impenetrables como las sombras de la noche. Unos ojos que brillaban, mostrando en ellos la necesidad más visceral que sólo el hambre es capaz de explicar. 
           
Un hambre, que pronto saciaría con mi propio cuerpo…    

martes, 25 de octubre de 2011

Poison

Guten Tag, mes amis! Después de un mes sin subir nothing a este blog, hoy os traigo un relatillo recién sacado del horno. Además, me gustaría hablaros de algunas cosas referentes a las historias de este blog. Bien, tengo que decir que, a diferencia de lo que me había parecido en un primer momento, la universidad me está quitando bastante tiempo y (sobre todo) sueño e inspiración. Asimismo (sí, ahora según la RAE este conector se escribe así), las clases de teoría de la literatura están consiguiendo que me dé cuenta de que algunas de las historias (en especial las que subí cuando empecé con el blog) son una bazofia. Bueno, ya lo sabía antes de tener clases de teoría de la literatura, pero es que ahora se ha hecho a demasiado obvio que necesito desautomatizarme. Esto, traducido al español viene a significar que voy a borrar del blog la historia de "Sirviendo al diablo", porque es que hace ya tantísimo tiempo que no escribo nada de ella que ya no sé ni como seguir. Se me ha acabado la inspiración y no puedo seguir escribiendo algo que ya no me llena, por obligación. En cuanto a "The Path" y "You're all I've ever needed" las voy a acabar, porque tengo ya el esquema de las dos hecho y me gustan demasiado como para dejarlas inacabadas. De la primera me quedan 3 capítulos en los que ya estoy trabajando y de la 2 me quedan sólo dos partes. Cuando las acabe, me centraré en FFR y aquí subiré relatos cortos, hasta que tenga alguna buena historia que subir. En fin, he borrado de este blog al menos tres historias ya, pero la inspiración viene y va, it's not my fault. En fin, no me enrollo más. Espero que disfrutéis del relato, ¡un beso! Att. Athenea.



Creo que esta canción refleja a la perfección la situación del personaje del relato y de otros muchos en su misma situación. En mi opinión, la letra es bastante reveladora. (Mr. Brownstone, Guns N' Roses).






La multitud gritaba enfebrecida, rogando por una última canción. Aquél era el último concierto que íbamos a dar en la ciudad ese año, por lo que decidimos ceder ante las exigencias de nuestro público y deleitarlo con uno de sus temas favoritos.

Llevábamos muchas horas sin dormir y demasiado alcohol en la sangre. El cansancio era una pesada losa que pendía sobre nosotros, menguando en parte la felicidad que sentíamos. La noche anterior había sido demencial. No recordaba con cuántas mujeres me había acostado, ni a qué hora había conseguido conciliar el sueño. Aunque de algo podía estar seguro: no había consumido ninguna droga ilegal. Nunca más lo haría.  

— Muy bien, Detroit, vamos con “The Evil is going on”.

El poderoso riff de Ricky no se hizo esperar, y en cuestión de segundos estalló con fuerza en el enorme estadio. La batería y el bajo le siguieron poco después y yo era  consciente de que pronto llegaría mi turno. Todo marchaba según lo previsto en los ensayos y, sin embargo, algo no iba bien.

Un extraño cosquilleo comenzó a recorrer mi columna vertebral. Me di la vuelta hacia donde se encontraba Shawn, el batería, pero tanto él como el resto de la banda seguían tocando con normalidad, por lo que decidí obviar aquella pequeña paranoia y continuar con el show.

La multitud coreaba la canción con nosotros. Nunca había visto a un público tan entregado como aquél, ni siquiera en nuestra ciudad natal... Y de nuevo volví a sentir aquella extraña sensación recorriendo mi cuerpo. Esta vez, por más que traté de ignorarla, no fui capaz. Aquel hormigueo se estaba haciendo cada vez más intenso, hasta convertirse en un insoportable picor.

El bajista me miró un par de veces con preocupación. Yo negué con la cabeza, fingiendo que me encontraba perfectamente para que pudiéramos acabar la canción. Suspiré aliviado cuando por fin pudimos retirarnos al backstage.

— ¡Ha sido increíble! — comenzó a decir Shawn — La mejor noche de mi vida.
           
— Ya te digo — contestó Ricky —. ¿Has visto lo buena que estaba la rubia esa? Te juro que si no tuviera novia, me la tiraba.
           
— Como si eso te hubiese detenido alguna vez — intervino de repente Jeff, nuestro bajista.
           
Los tres estallaron en carcajadas tras ese comentario, sin embargo, para perplejidad de todos, yo permanecí en silencio.
           
— ¡Ey, colega! ¿Te ocurre algo? Estás muy callado.
           
— Me encuentro un poco mareado. Creo que voy a ir al baño.
           
Me encerré con pestillo en el diminuto cubículo que nuestro agente se atrevía a denominar “baño”, por el simple hecho de que había una pila y un wáter. Me miré en el grasiento y rayado espejo para descubrir que mi aspecto era aún peor de lo que yo imaginaba. Tenía los ojos inyectados en sangre, resultado de no haber pegado ojo en toda la noche. Mi tez, ya de por sí muy pálida y enfermiza, parecía más propia de un fantasma, y mi pelo estaba totalmente empapado en sudor.

Quería lavarme como era debido, pero en aquel cuchitril no había ni siquiera una triste ducha. Maldije en voz baja, un segundo antes de que aquel extraño hormigueo regresara a mí con fuerzas renovadas.

— ¡¿Qué coño me pasa?!

— Necesitas relajarte un poco, Brent — me advirtió una fantasmagórica voz a mi espalda.

Di un respingo por el susto. Creía que estaba solo en el baño. El hormigueo aumentó su intensidad de forma considerable, como si una parte de mí deseara fervientemente escapar de mi cuerpo.
           
— Sabes lo que necesitas — insistió aquella espeluznante voz —. Tómalo…
           
— ¡¿Quién eres tú?! — grité desesperado.
           
— … ¡No te reprimas!
           
— ¡Déjate de juegos y muéstrate, maldita sea!
           
— Estás acabado, Brent, lo sabes bien. Tu mujer te desprecia, tus hijos no quieren saber nada de ti. Esto es lo único que te hace sentir bien…
           
— ¡Déjame en paz, maldita zorra!
           
Una carcajada estridente y espectral inundó mi mente, desgarrando mis oídos, haciéndolo añicos cual pedazo de cristal. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasaba: las alucinaciones habían vuelto con fuerzas renovadas.
           
— No volveré a hacerlo — susurré, sin demasiada convicción.
           
— Muchacho, no me hagas reír. A mí no puedes engañarme. Estoy dentro de tu mente, conozco todos tus movimientos… ¿Por qué si no guardas todavía una jeringuilla en el fondo de tu maleta? ¿Y qué me dices de los ocho gramos de cocaína que escondes en uno de los bolsillos interiores?...
           
— ¡Cállate, maldita sea! — grité desesperado, cayendo al suelo de rodillas. Me llevé las manos a la cabeza, al tiempo que mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
           
— La verdad duele, ¿verdad? Pero a veces es necesario aceptarla, para poder ser uno mismo, para no vivir una mentira — su voz sonaba ahora más calmada, más tierna —. Sólo hay una manera de hacerte sentir bien, de ser quien realmente eres.

— No puedo hacerlo… — gimoteé, acurrucándome en el suelo de aquel cuchitril inmundo. Sólo quería volver a casa y que Sally me tomara de nuevo entre sus brazos, prometiéndome que todo iba a salir bien. Sólo quería que aquella maldita pesadilla se terminara…
           
… Pero Sally no me esperaría en casa nunca más. Había encontrado un hombre bueno y honesto, con un trabajo digno y no del todo mal pagado, que sería un auténtico padre para nuestros hijos. Sí, un verdadero padre y marido, que no le pegaría a su mujer ni le rompería una botella de vodka en la cabeza cuando estuviera drogado.
           
Las lágrimas caían cada vez con más fuerza de mis ojos. Estaba empezando a tener problemas para respirar y mi cuerpo se estaba sacudiendo en insoportables temblores. Faltaba poco para que una película de sudor frío invadiera mi frente y mi corazón comenzara a latir desbocado contra mi pecho. Sólo podía hacer una cosa para calmar ese ataque de histeria y lo sabía. La voz de mi mente estalló en una sonora carcajada triunfal.
           
Traté de ponerme en pie en al menos tres ocasiones, pero el cuerpo me temblaba de tal modo que no tuve más opción que arrastrarme hasta la puerta. Cuando entré de nuevo en el camerino, no había ni rastro de los chicos. Seguramente se habrían ido a tomar algo con las groupies de primera fila, que le habían estado haciendo señas obscenas a Jeff desde casi el principio del concierto. Nunca entendí cómo podían existir jovencitas con tan poca personalidad como aquéllas, cuya única meta en la vida era tirarse a algún guitarrista melenudo y famoso. Claro que a mí, un exdrogadicto que iba a volver a hundirse en la mierda después de haber permanecido sobrio durante más de medio año, tampoco se me podía calificar como el modelo de conducta que los jóvenes estadounidenses debían seguir.
           
Después de dar algunos trompicones, finalmente llegué a mi dichosa maleta, que descansaba en el suelo, junto a uno de los pares de botas de cuero de Ricky. Estaba abierta, y en ella se podía apreciar la mezcla entre la ropa limpia y sucia, que formaba una extraña y maloliente masa de tejidos de cuero y tela vaquera.
           
Rebusqué desesperadamente la bolsita de cocaína en el lugar donde la voz me había indicado que se encontraba. Ni siquiera recordaba haberla puesto allí, pero lo importante ahora era que me ayudaría a evadirme y olvidarme de todo.
           
Finalmente la encontré, escondida entre mi pasaporte y caja de valerianas en pastilla. “Sólo una última vez”, me decía. “Después dejaré esta mierda para siempre. Seré el padre que mis hijos merecen tener”. Pero en cuanto aquellos “polvos mágicos” se introdujeron en mi cuerpo en la primera aspiración, supe que no habría vuelta atrás. Estaba atrapado de nuevo.
           
La fantasmagórica carcajada a punto estuvo de perforarme el tímpano pues, aunque yo sabía que aquello no era más que un producto de mi mente enfermiza, sonaba demasiado real. Un chirrido terriblemente ensordecedor.
           
— ¡Eres un maldito inútil! — no cesaba de gritarme aquella voz, sin dejar de reír. Una risa oscura y macabra que helaba la sangre en las venas — Nunca serás libre. Nunca podrás escapar de mí.

martes, 27 de septiembre de 2011

Fallen Angel.

El otro día volvía de la facultad en autobús e iba escuchando al grupo Poison en el MP4 (creo que en más de una ocasión os he hablado de este grupo, pero para los que no sepan quiénes son todavía, pues se trata de una banda de glam metal estadounidense de finales de los 80, y a la que admiro mucho). Bien, la cuestión es que comenzó a sonar uno de sus grandes éxitos, "Fallen Angel", que trata sobre una chica de pueblo que se va a L.A. para tratar de ser modelo. Bueno, en realidad más que eso, la canción refleja los sentimientos de la chica, lo vacía que se siente, los sacrificios que ha tenido que hacer por su carrera (dejar a sus amigos, su familia, etc) y sobre todo, lo infeliz que se siente en su nueva vida. Digamos que como suele ocurrirme cuando escucho música (benditos años 80, su música y su fuente de inagotable inspiración), me inspiré y decidí darle mi propia versión a esa canción, desde el punto de vista LITERARIO (jamás se me ocurriría coger una guitarra y destrozar así esta gran canción). 

En fin, aviso de que es bastante diferente a mis historias y relatos habituales, y RADICALMENTE diferente al último relato que subí, y que pareció gustar bastante a la gente, pues dejásteis muchos comentarios, cosa que de verdad agradezco infinitamente. No lo digo mucho, pero vosotros, mis queridos seguidores, me dais la vida con cada comentario (tanto en blog como en tuenti). La diferencia con respecto a mis otros textos radica sobre todo en que no hay momentos cómicos en este relato, es bastante triste, oscuro e incluso macabro en algunos aspectos. No en el sentido vampírico que tanto me gusta (aunque ahora que lo pienso un poco sí), sino en el sentido trágico de la decadencia física y espiritual de una persona que ha dejado de quererse y valorarse como tal. 

Sólo una cosita más y ya acabo de daros la tabarra: dejo el vídeo de esta gran canción, cuyo título he tomado prestado para este relato. Espero que Bret Michaels no se enfade y me denuncie por plagio, pero teniendo en cuenta que no sabe español (y que por tanto no puede leer el blog), y que parece un amor de hombre (sobre todo con las groupies, ejem, ejem XDD), pues no creo que le importe mucho. No me queda ya nada más que decir excepto... ¡Un besito, amores!








Eché la cabeza hacia atrás, sintiendo en mi nuca desnuda el frío contacto del acero de la bañera. A pesar de que aquel baño caliente tenía un efecto relajante, pues disminuía en parte el entumecimiento de mis músculos, me resultaba agobiante al mismo tiempo. Saqué una de mis manos a la superficie y la llevé hasta mi cabeza. Quizá raparme el pelo no había sido tan buena idea después de todo. Pero ¿qué más daba ya? Tampoco tendría que volver a preocuparme por mi aspecto nunca más.

Giré la cabeza en dirección al inodoro. Sobre la tapa descansaba el puñal que tantas otras veces había utilizado sobre mi piel. La superficie de acero era tan brillante como el sol que calentaba las famosas playas de California, pero tan fiero como el mismísimo Diablo. Yo conocía cada muesca en la madera que conformaba su mango, cada irregularidad en el relieve de su afilada cuchilla. Me deleitaba acariciándolo, en forma de preámbulo a mi enfermiza pasión.

Alargué mi brazo izquierdo para sostener aquella pesada arma entre mis manos. ¿Cuándo había comenzado toda aquella pesadilla? ¿Seis años atrás, cuando dejé Pennsylvania para buscar la fama en esta condenada ciudad? O quizá fue cuando empecé a tomarme aquellas pastillas por orden de mi representante. Se suponía que tenía que perder unos cuantos kilos para aquel pase de modelos en Milán. Pero cuando lo hice, resultó que aquello no era suficiente. Una nunca estaba lo suficientemente delgada en esta profesión.

Acaricié la punta de acero del puñal con dedos temblorosos. Los ojos me escocían por la necesidad de llorar y la imposibilidad de hacerlo. Era como una muñeca rota y desmadejada incapaz de expresar el dolor que me taladraba por dentro. Apenas era capaz ya de experimentar el sentimiento más básico. Quizá la falta de nutrientes no sólo te degradaba físicamente, sino también en el plano psicológico.

Empuñé el cuchillo con la mano derecha y lo alcé por encima de mi muñeca izquierda. Hacía más de medio año que no me venía la regla, y aquélla era la única forma que tenía de hacer sangrar a mi cuerpo. Era mi compensación por todo el daño que le había infligido a mi organismo durante tanto tiempo.

La fría cuchilla traspasó mi piel con la precisión de un reloj suizo. Había repetido aquel macabro ritual tantas veces que el pulso ya no me temblaba al utilizar aquella afilada herramienta para marcar mi piel.

El agua jabonosa comenzó a teñirse con un mortífero color carmesí. El penetrante olor metálico de la sangre nubló mis sentidos, instalándose en mi garganta, propagándose hasta llegar a la boca de mi estómago. Me dejé caer suavemente, apoyando la espalda contra la pared de la bañera. La relajante sensación de dolor físico comenzó a recorrerme desde la herida abierta, transmitiéndose poco a poco al resto de mi cuerpo. Si no cortaba pronto la hemorragia, la herida corría el riesgo de infectarse. Ya me había pasado una vez y no es lo que se dice una sensación agradable.

El móvil comenzó a vibrar en aquel momento, acompañado por la música de fondo de la última canción de Lady Gaga. Otro rasgo que evidenciaba mi entumecimiento físico y psicológico. Físico, en lo tocante a la insensibilidad manifiesta de mis oídos; psicológico, pues debía de haberme vuelto completamente chiflada como para ponerme ese tono en el móvil. Y pensar que en mis años de instituto, mi ídolo era James Hetfield…
           
Abrí la tapa del teléfono y acepté la llamada sin molestarme en comprobar quién había al otro lado de la línea. No me hacía falta. Sólo había una persona en el mundo que seguía preocupándose por mí, y que seguiría haciéndolo hasta el fin, sin importar cuán bajo cayera.
           
— ¿Qué quieres, mamá? — pregunté con voz cortante. No me apetecía hablar con ella en aquellos momentos.
           
— He visto las noticias esta mañana — comenzó a decir con tono quebrado y sumiso. El mismo que siempre utilizaba para dirigirse a mi padre antes de que éste desfogara a golpes sus frustraciones con ella —. Dicen que… Bueno, que en la agencia de modelos han… prescindido de tus servicios.
           
Se hizo un profundo silencio después de que aquellas palabras escaparan de los labios de mi madre. Ella siempre tan comedida. Estudiaba hasta la última coma de sus discursos antes de pronunciarlos para no ofender a nadie. Nunca una palabra más alta que la otra, nunca un término malsonante.
           
— Me pillaron esnifando cocaína, mamá. Después de eso, no iban a subirme el sueldo precisamente, ¿no crees?
           
Ésta vez fue ella la que calló. Había metido el dedo en la llaga, es más, había impregnado mis palabras con un corrosivo sarcasmo, del todo inaceptable en una conversación con mi progenitora. Pero al fin y al cabo, ella se lo había buscado, ¿no? Nadie la había obligado a llamar por teléfono. Había decidido importunarme por voluntad propia, sabiendo cuáles podrían ser las consecuencias.
           
— Cariño, por favor, vuelve a casa — me rogó con voz de cachorrillo abandonado. No soportaba aquel tono de desesperación en ella, me recordaba a los gritos de súplica que rasgaban la relativa tranquilidad de la noche, cuando mi padre llegaba a casa completamente borracho. Sólo que en esta ocasión, no podría esconderme debajo de la cama, fingiendo que no pasaba nada, que estaba en algún lugar muy lejos de allí. Porque en esta ocasión, el verdugo de mi madre era yo misma.
           
— Mamá, por favor, no empieces con…
           
— ¡Ya no tienes nada que hacer allí! Tu carrera está acabada. Te estás autodestruyendo, ¡y me niego a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te mueres de una maldita sobredosis!
           
No era la primera vez que mi madre me levantaba el tono de voz, pero sí la primera que sus palabras causaban efecto en mí. Claro que no fue ni de lejos el efecto que ella esperaba.
           
— Que te jodan, mamá.
           
Cerré la tapa del teléfono, antes de lanzarlo con fuerza contra la puerta del baño. La batería y la tarjeta salieron volando por los aires, así como la tapa del móvil. ¿Qué importaba ya? ¿Para qué necesita el móvil una modelo fracasada?

Alcé el brazo por encima de mi cabeza hasta acariciar el paquetito que contenía los polvos blancos que habían supuesto mi perdición. Lo abrí con sumo cuidado y vacié el contenido sobre la repisa de la bañera. Agarré la tarjeta de crédito, que en pocas semanas estaría en números rojos, para preparar las rayas. Cuando estuvieron listas, esnifé aquel bendito polvo blanco, dejando que su poder curativo comenzara a hacer efecto sobre mí.
           
Pero aquello no era suficiente. Estar colocada ya no me hacía olvidar que no era más que un despojo humano. Tenía que desaparecer. Sí, “desaparecer” era una palabra más que tentadora en aquellos momentos. No podía seguir defraudando a mi madre. No podía seguir consumiéndome como la última vela moribunda de un candelabro dieciochesco.
           
Me incliné de nuevo sobre la repisa, con una determinación que hacía años no sentía. Di una pequeña aspiración, siendo consciente de que el final llegaría muy pronto.  Un líquido caliente y nauseabundo comenzó a descender por mi nariz, cual río escarlata. El río que anuncia el final del camino.

La letra de una vieja canción de mi juventud comenzó a resonar en mi mente, a modo de réquiem. Una canción que había oído cientos veces durante mi etapa de instituto. La había oído, sí, pero no le había prestado la debida atención.
           
She stepped off the bus out into the city streets
Just a small town girl with her whole life packed
In a suitcase by her feet”.
           
Las lágrimas, aquéllas que durante dos años se habían negado a brotar de mis ojos, comenzaron a rodar por mi rostro. En aquellos momentos habría dado cualquier cosa por no haberme marchado nunca de Pennsylvania. Habría dado cualquier cosa por volver el tiempo atrás y vivir mi vida de una manera completamente diferente.

“But somehow the lights
didn't shine as bright as they did
On her mama's TV screen
And the work seemed harder
The days seemed longer
Than she ever thought they'd be”.
           
Too much too soon
Or just a little too late
Cause when the ship came in
She wasn't there and it just wouldn't wait.
           
Las palabras salían atropelladamente de mis labios, siendo apenas capaz de entonar aquella conocida melodía, en un punto intermedio entre la vida y la muerte. El barco había zarpado ya y yo no había llegado a tiempo para cogerlo. No me esperó. Y no iba a volver a por mí. 

sábado, 24 de septiembre de 2011

Encuentro fortuito.

Bueno, aquí os traigo un nuevo relato. Espero que lo disfrutéis. ¡Un besín! :)





Llegaba tarde a la cita, muy tarde. Aquella semana había sido tan terriblemente caótica entre exámenes, trabajos y deberes de la universidad, que apenas había tenido tiempo para dormir. Por eso, justo después de comer me había metido la cama, con la intención de “descansar la vista un rato”. Un rato, que había acabado convirtiéndose en dos horas de siesta.
           
Eché a correr calle abajo, escuchando de fondo el repiqueteante sonido de mis tacones de aguja golpeando contra la acera. Durante todo el trayecto, no dejaba de maldecirme a mí misma por ser tan estúpida. Aquella tarde, tras haber saltado de la cama al darme cuenta de la hora que era, se me había ocurrido la “brillante” idea de ponerme esos zapatos asesinos para disimular mi escasa estatura. Sin duda, aquello había sido un terrible blonde moment, que por la cuenta que me traía no volvería a repetirse en un futuro cercano.  
           
Incrementé la velocidad, pero teniendo en cuenta que siempre había suspendido la Educación Física en el instituto, es más que evidente que esto no supuso un cambio sustancial. Cada vez me costaba más respirar debido a que mi cuerpo no estaba acostumbrado a hacer ejercicio, y aquella tarde le estaba dando bastante caña.

Unas finas gotas de agua comenzaron a empapar mi rostro. Sencillamente genial. Estaba empezando a llover. Una de esas gotas me entró en un ojo, haciendo que mi a de por sí deficiente visión (sí, me había dejado en casa las malditas gafas) se nublara todavía más. Fue por eso que no vi la condenada cáscara de plátano hasta que ya fue demasiado tarde.
           
— ¡Joder! — maldije a pleno pulmón, con toda la rabia de mi ser. Una ancianita que pasaba por la calle con su nieto pequeño se quedó mirándome con desaprobación, aunque todavía hoy no sé si fue por el taco que solté, por la forma en que lo solté o por el estado tan patético en el que me hallaba: despatarrada en medio de la calle, con toda la ropa manchada por el maldito plátano…
           
¡Mierda, el puto plátano de las narices me había puesto perdida! Apoyé las manos en el duro pavimento de la calle para tomar impulso y poder levantarme. Big mistake. La muñeca derecha comenzó a dolerme horrores, como si me la hubiera roto…
           
Fuckin’ shit! Aquello no podía ir peor.
           
—  Ey, tía, ¿te has hecho daño?
           
O tal vez sí que podía ir a peor…
           
Giré la cabeza en dirección hacia donde provenía la profunda voz de aquel chico, para encontrarme de lleno con una mirada castaña, que me observaba, entre divertido y preocupado, desde las alturas.
           
— Yo… Ah… No lo sé — balbuceé sin saber muy bien qué decir.
           
Genial, sencillamente genial. Encima de que alguien trataba de ayudarme, yo era tan imbécil que me quedaba bloqueada.
           
El chico soltó una suave carcajada.
           
— Te has dado un buen golpe en la cabeza contra el suelo, y la muñeca y el tobillo tienen un aspecto bastante feo. Tal vez deberías ir a que te examine un médico.
           
Sí, definitivamente la cita con Jeremy quedaba más que cancelada.
           
— ¿Necesitas ayuda para levantarte? — me preguntó el chico suavemente.
           
“¿A ti qué te parece?”, pensé con sarcasmo.
           
— Sí, la verdad es que sí.
           
El chico esbozó una dulce sonrisa antes de inclinarse sobre mí y agarrarme suavemente por la cintura, ayudándome a que me pusiera en pie.
           
— ¿Cómo se te ocurre salir de casa con semejantes tacones? — inquirió estupefacto — Y encima en un día de lluvia.
           
— Se suponía que hoy no iba a llover, ¿sabes? Además, había quedado con… En fin, ya da igual, así que…
           
El chico se quedó mirándome con una mueca de comprensión, aunque lo cierto es que ese gesto, en lugar de reconfortarme me crispó todavía más. No quería que nadie sintiera lástima por mí, lo que realmente quería volver atrás en el tiempo para poder salir de casa media hora antes. Y sobre todo, ¡quería llegar a tiempo a la maldita cita con Jeremy!
           
— ¿Sabes? Creo que lo mejor será que te quites los zapatos — apuntó seriamente — El tobillo se te está empezando a hinchar y no creo que…
           
— ¡Pero no voy a ir por la calle descalza!
           
El chico pareció pensarlo unos segundos, antes de que una tímida media sonrisa comenzara a dibujarse en sus labios.
           
— Puedo llevarte en brazos.
           
Aquella sugerencia tan surrealista como atrevida por su parte hizo que mis blancas mejillas adquirieran un peligroso tono escarlata. Definitivamente aquella tarde no debería haberme levantado de la siesta…
           
— Mira, tío, yo te agradezco mucho que…
           
Antes siquiera de haber podido acabar aquella frase, me agarró con más fuerza de la cintura y se inclinó para pasarme el brazo libre por detrás de mis tobillos. Me acomodó entre sus brazos y me obligó a que rodeara su cuello con los míos.
           
Sí, estaba bien jodida. Con la suerte que tenía aquella tarde, ese tío seguramente sería un violador, un asesino en serie o incluso el hombre del saco. En menos de lo cantaba un gallo, estaría bajo tierra, en el cementerio del pueblo criando malvas. No viviría para graduarme en la universidad, ni para tener hijos, ni para escribir un libro… Y lo que era aún más grave, ¡no vería la siguiente temporada de True Blood!
           
El chico, además de violador, parecía ser lector de mentes, porque como si hubiera sabido exactamente lo que estaba pensando, replicó en un intento por calmarme:
           
— No quiero que te sientas incómoda. Ya sé que no nos conocemos de nada, pero te aseguro que sólo intento ayudar. No pretendo secuestrarte ni vender tu cuerpo a la mafia rusa.
           
— ¿Ni tampoco vas a matarme, descuartizarme y comerte mis órganos internos después de haberlos asado al horno?
           
El chico soltó una sonora carcajada que hizo vibrar la suave piel de su garganta. Vibración que se transmitió a los dedos de mi mano, en un eléctrico hormigueo que me recorrió toda la columna vertebral.

Caí entonces en la cuenta de que apenas me había fijado en el hombre que tantas licencias se estaba tomando conmigo. Ni siquiera sabía su nombre. Sólo que tenía una suave y lacia cabellera castaña clara y unos enigmáticos ojos del mismo color. Era de constitución delgada, hecho que acentuaba el llevar una holgada y gastada camiseta de los Beatles.
           
— Ya sé que soy irresistible, pero si no dejas de recorrer mi cuerpo con esa ardiente mirada, vas a hacer que me ruborice — intervino entonces con cierto sarcasmo, haciendo que la que se ruborizara fuera yo.
           
“Por favor, que el hospital no esté muy lejos”, rogué en silencio.
           
— ¿Sabes? Esta mañana me desperté con la extraña sensación de que iba a ser un día realmente aburrido. Pero lo cierto es que si obviamos el hecho de que las clases de la universidad han sido un coñazo infumable, no ha sido tan malo.
           
Debo admitir que el brillo de su sonrisa Profident me deslumbró durante unos segundos. No se podía decir que aquel chico fuera muy atractivo, de hecho, era más bien del montón, pero tenía un algo que hechizaba…
           
¡Un momento! ¿No debería estar pensando en Jeremy, el chico mono de mi facultad? ¡Y ni siquiera lo había llamado para decirle que cancelábamos la cita!
           
— Hemos llegado — anunció el chico, subiendo las escaleras que separaban la puerta de la institución de la calle. Aunque parecía un esmirriado y debilucho, estaba fuerte. De otro modo, no habría podido cargar conmigo todo el camino.
           
“Y parece que después de todo, no es un asesino caníbal”, pensé con cierto alivio, soltando un profundo suspiro en mi fuero interno.

Nos hicieron esperar tres largas horas en la sala de espera del hospital antes de que me atendieran. El servicio de urgencias era una maldita vergüenza. Si los gobiernos invirtieran más en sanidad y educación y menos en chorradas que no sirven para nada, y con las que los ciudadanos ni siquiera están de acuerdo, el mundo sería un lugar mejor. Claro que lo mejor para todos realmente sería que no hubiera gobiernos.
           
— ¿Has visto a esa mujer de ahí? — me dijo el chico de repente — Ha llegado después que nosotros y la atienden antes. Seguro que se acuesta con el jefe de personal.

No pude evitar soltar estruendosa carcajada, que hizo varias personas de la sala se giraran para descubrir qué me resultaba tan gracioso. El chico se echó a reír también, una risa ligera y cantarina como el dulce fluir de la cascada de un río en mitad de una montaña.

— ¿Qué carrera estás estudiando? — preguntó de repente.

— Filosofía. ¿Y tú?

— Historia — replicó, esbozando una sonrisa coqueta —. Ambos somos de letras puras. Y con carreras que la mayoría de la gente considera un coñazo infumable.
           
— La gente es idiota. Y bastante inculta también.
           
Un rato después, anunciaron mi nombre por megafonía y el chico me acompañó hasta la sección de traumatología. Me hicieron unas cuantas placas y resultó que tenía la muñeca rota y el tobillo torcido. Por suerte, no me había hecho nada en la cabeza, aparte de un enorme chichón.
           
— ¿Te apetece ir a tomar un café? — sugirió esperanzado, cuando hubimos acabado con todos los trámites — Podríamos ir al Starbucks que hay frente al hospital.
           
Lo cierto es que no me apetecía separarme de él tan pronto. Me sentía muy cómoda en su presencia, más que eso, me hacía reír con sus ocurrencias y sentía que podía hablar con él de cualquier cosa. Era más que deleitante estar en su compañía. 
           
— Sí, ¿por qué no? Me apetece mucho — repliqué, esbozando una sonrisa un tanto forzada. A pesar de que ese chico me caía muy bien y de que no tenía nada serio con Jeremy, no podía evitar sentirme como si lo estuviera traicionando.
           
El chico sonrió a su vez y me cogió tímidamente de la mano, con la excusa de que quería ayudarme a caminar. Y la verdad es que el contacto con la cálida piel de su mano no me molestó lo más mínimo. De hecho, fue realmente agradable.
           
— Por cierto — dije cuando ya estuvimos dentro del local —, no me has dicho todavía cómo te llamas.
           
El chico esbozó una sonrisa divertida.
           
— Me llamo Daniel. Pero todo el mundo me llama Dani. ¿Y tú?
           
— Yo me llamo Gina.
           
— Bonito nombre — replicó con una intensa mirada.
           
— El tuyo también.
           
Y a pesar de que acabábamos de conocernos y de que seguramente no volveríamos a vernos nunca más, Dani se inclinó sobre mí, realizando el claro movimiento que precede al beso, acercando peligrosamente su boca a la mía. Separé mis labios en una clara invitación que él captó al instante, pero…

… Pero el estridente chillido de mi bendita madre me devolvió bruscamente a la cruda realidad.
           
— ¡Gina, despierta! ¡Son más de las cinco! ¡Llegas tarde a tu cita con Jeremy! 
           
Me incorporé en la cama de un salto. ¿Todo había sido un sueño? 
           
— ¡Gina!
           
— ¡Voy! — grité, levantándome lentamente la cama.
           
Los deslumbrantes tacones de aguja seguían en el oscuro rincón de mi habitación, justo el lugar donde los había dejado el día de después de mi graduación en el instituto. No me los había puesto desde entonces, pero algo me decía que iban a traerme suerte aquella tarde.

Sí, unos tacones de aguja, una lluvia traicionera y una cáscara de plátano colocada en un lugar estratégico eran precisamente los ingredientes que necesitaba para que aquel encuentro fortuito se produjera de nuevo…