Guy de Maupassant, "Le Horle"

"¿Has pensado que sólo ves la cienmilésima parte de lo que existe? Considera, por ejemplo, el viento, que es la más grande de las fuerzas de la naturaleza. Derriba a los hombres, destruye casas, arranca los árboles de raíz, agita los mares formando olas gigantescas que azotan los acantilados y lanza los barcos contra los peñascos. El viento silba, ruge, brama, incluso mata a veces. ¿Lo has visto? Sin embargo, existe" (Guy de Maupassant, "Le Horle")

sábado, 20 de julio de 2013

La dama de la noche. Parte II.

Bueno, después de leer algunos comentarios positivos del último relato que subí ("La dama de la noche"), he decidido subir la segunda parte. Espero que os guste. No dudéis en comentar, ¡un beso!


La luna brillaba en lo alto del cielo estrellado aquella gélida noche de invierno. Las calles estaban teñidas de un blanco impoluto, fruto de la nevada que había caído hacía unos momentos, cargadas de un tétrico sentimiento de nostalgia, como si ellas mismas fueran conscientes de la sangre que había sido derramada. La oscura dama las recorría ahora, encaminándose hacia su hogar, tras finalizar su último trabajo. El trabajo que le daría la gloria.

Entró en la pequeña y vieja casucha que en los últimos meses se había convertido en su vivienda. Ésta consistía en apenas un enorme salón presidido por una larga mesa de color ébano, rodeada por cuatro viejas sillas del mismo material. A  su derecha descansaba una rudimentaria chimenea, que hacía las veces de cocina, mientras que al fondo de la estancia se encontraba un pequeño camastro, donde la joven descansaba las noches que no tenía que trabajar.

Dejó la larga y sedosa capa negra que llevaba siempre sobre los hombros en el respaldo de una de las sillas de madera. Debajo de ésta, su ropa era del mismo fúnebre color. ¿No resultaba irónico que la joven asesina vistiera de luto, como si con ello quisiera honrar a sus víctimas? Pero lo cierto es que la oscura dama había hecho del negro algo así como su segunda piel desde mucho antes de empezar a matar, aunque su mente rehusaba rememorar aquellos sucesos tan terribles. Eso formaba ya parte de su pasado más remoto. Ahora sólo se podía permitir centrarse en su presente más inmediato, pues tenía una misión muy importante entre manos.

“La llave dorada”, se recordó. Por fin era suya. Por fin había conseguido su premio después de tantos años de lucha. Ahora podría alcanzar su ansiada venganza. Ahora podría calmar ese oscuro y corrosivo anhelo que llevaba oprimiendo su pecho desde que tenía uso de razón.

Recorrió la amplia estancia con lentitud, haciendo gala de la elegancia felina que la caracterizaba, a pesar de que no había nadie más en la estancia aparte de ella misma que pudiese admirar sus delicados movimientos. Se detuvo frente al largo espejo que había colgado sobre la chimenea y contempló la imagen que había reflejada en el liso cristal. No se reconocía a ella misma. ¿Era ella aquella fría y cruel asesina cuya imagen el espejo le devolvía? ¿Tanto había cambiado?

Por un segundo un miedo atroz se apoderó de ella. Por un segundo dejó que todo el temor y la incertidumbre que había tratado de reprimir durante aquellos años salieran a la superficie. ¿Y si al intentar que los malos pagaran por sus crímenes se había convertido en una de ellos? ¿Y si al haber tratado de obtener venganza por la sangre derramada no había hecho más que verter todavía más sangre? ¿Y si su alma se había perdido para siempre? “¿Qué importa ya?”, se dijo. Ya no había vuelta atrás.

                                                           ***
Aquella noche hacía mucho más frío del habitual, incluso para ser invierno. Pero ese frío no procedía del ambiente externo. Ese frío nacía en su vientre y se extendía por todos los músculos, huesos y órganos de su cuerpo. Lo sentía correr por sus venas. Lo sentía devorarle las entrañas. Lo sentía golpear con fuerza contra su pecho, al compás de los frenéticos latidos de su corazón.

Louis lo sabía. Sabía que había matado al cura y al abogado, y después a esos criados. Sabía que era la asesina cruenta y sanguinaria que el pueblo quería ver en la horca. Y no sólo lo sabía. Tenía pruebas que la implicaban en el menos uno de los asesinatos: el testimonio de la pequeña niña, a la que había tomado bajo su custodia. Había sido una imbécil dejándola con vida. Pero no podía hacer daño a un ser tan puro e inocente. Nunca sería capaz de hacerle a nadie lo mismo que le hicieron a ella. Y por esa estúpida debilidad iba a acabar en la horca.

— Sé lo que habéis hecho, Margarita — le había dicho Louis precisamente la noche anterior, su voz penetrando cual cuchillo en la tierna carne de la joven —. Y no os quepa la menor duda de que acabaréis en la horca. Aunque sea lo último que haga.
No dudaba de la veracidad de sus palabras. Ese hombre llevaba años tratando de echarle el guante, como para detenerse ahora. Y ella había sido tan estúpida que le había servido en bandeja su propia ejecución. No pediría clemencia. Se dirigiría al cadalso con la cabeza bien alta, aunque se estuviera derrumbando por dentro.

¿Por qué no había podido conformarse con una sencilla vida como campesina? Podría haberse casado con un buen hombre y haber tenido toda una legión de hermosos hijos que se parecieran a él. Los habría cuidado, a ellos y a su hombre. Habría sido feliz, perpetuando la sangre de su marido. Incluso podría haber olvidado su asqueroso y oscuro pasado dedicándose a su familia. Pero en vez de eso había preferido la venganza.
“Venganza”. Ahora esa palabra se le antojaba tan hueca y vacía, carente de sentido. Inútil completamente. “La venganza es para los hombres y para los fuertes. Y tú no eres más que una muchacha frágil e inútil que no hizo absolutamente nada para salvar a su familia”.

Lágrimas rodaron por su rostro al recordar a su familia. A sus padres, muertos por ese cerdo sin alma al que no le tembló la mano para acabar con ellos. Y a todos esos criados desgraciados que lo habían ayudado y cubierto las espaldas, traicionando a sus padres, para complacer al noble y que éste les recompensará por su trabajo.


Todas aquellas sucias ratas se habían merecido la muerte por proteger la llave. No había ningún inocente. No tenía ningún remordimiento por lo que había hecho, así como ellos tampoco lo tuvieron por lo que le habían hecho a su familia. Iba a morir en la horca, sí, pero antes de que eso sucediera iba a matar al marqués, su legítimo hermano, e iba a encontrar el testamento del  padre de ambos, en el que la reconocía como hija suya. Muy pronto todo el mundo sabría que ella no era sólo una vulgar asesina criada en los bosques del Norte. Era la hija del marqués, a la que le habían arrebatado injustamente su derecho de nacimiento.

domingo, 23 de junio de 2013

La dama de la noche

Aquélla era una noche especialmente fría, incluso para ser invierno. Corría por las desiertas calles del pueblo un viento helado que instaba a las gentes a refugiarse en sus casas y a no abandonarlas bajo ningún concepto. No se veía a un alma, sólo a ella. A aquella siniestra y diminuta mujer de la larga capa negra.

La oscura dama recorría las calles del pueblo con paso firme y decidido, una calmada determinación la rodeaba. No tenía prisa alguna por llegar a su destino, a pesar de que el frío helado calaba hasta los huesos. Cualquiera que la hubiese visto a través de una ventana atravesando aquel gélido paraje la habría tomado por alguna criatura de la noche que ya no formaba parte del reino de los vivos.
           
Se detuvo frente a la puerta de un pobre y vulgar campesino, famoso por su codicia desmedida. Dio tres suaves golpecitos en el enorme portalón de madera y esperó a que la recibieran. Cuando ésta se abrió, la joven de la capa disparó a la cabeza a la mujer que había salido a recibirla, desfigurando por completo su arrugado rostro. La sangre de la fallecida salpicó su rostro, tiñéndolo de un vívido color carmesí. Se lamió los labios saboreando el salado elixir rojizo. Era delicioso. Era el sabor de la misma muerte. Era el sabor de la venganza. El cuerpo de la mujer cayó de espaldas al suelo, carente de vida – cual muñeca de trapo –, produciendo un golpe sordo que reverberó por toda la estancia.
           
La joven de la capa se adentró en aquella casa desvencijada, pasando por encima de la fallecida con absoluta impasividad, sin dedicarle ni una sola mirada de compasión, como si la muerte fuera lo más natural del mundo. El marido contemplaba atónito la macabra escena con los ojos llenos de lágrimas, incapaz de contener sus gritos de dolor. A unos metros de distancia se encontraba su hija pequeña, una damisela de ocho años de edad, tan hermosa y delicada como un ángel, que observaba el cadáver de su madre, entre paralizada y estupefacta, incapaz de moverse ni un milímetro.
           
— Señor Álamo — exclamó la joven de la capa, dirigiéndose al marido de la difunta con un tono suave y cortés, como si se tratara de una amiga, como si no acabara de matar a su esposa —, ¿tendríais la bondad de indicarme dónde ocultáis la llave dorada?
           
El rostro del marido sufrió entonces un cambio radical, del dolor por la pérdida de un ser querido a la rabia más absoluta. La joven de la capa esbozó una sonrisa triunfal. Por mucho que aquel ser despreciable se empeñara en pretender lo contrario, en su corazón no había lugar para sentimientos elevados, más allá de la avaricia y el rencor. Y esa noche, aquel saco de huesos sin alma había revelado por fin su verdadera naturaleza.
           
— Jamás te la daré, ¡¿Me oyes bien?! ¡Jamás la tendrás, maldita zorra del demonio!
           
La joven de la capa negó dos veces con la cabeza, aquélla no era forma de tratar a una dama. Pero ella le enseñaría disciplina a un perro como ése. Apuntó a la cabeza del campesino con la pistola, y cuando éste cerró los ojos para esperar en silencio su merecido final, le disparó en la pierna izquierda. Gritó a todo pulmón, un dolor punzante atravesando su pierna de parte a parte, si bien sabía que aquello iba a servirle de muy poco. Su casa estaba en la zona más apartada del pueblo, por lo que desde allí nadie podría oír sus gritos, y aunque lo hicieran, nadie sería tan estúpido como para enfrentarse a la joven de la capa. Su destino estaba sellado. La única cuestión que quedaba por resolver era el momento exacto en que iba a morir.
           
— Sólo lo preguntaré una vez más, señor Álamo. ¿Dónde ocultáis la llave dorada?
           
— Vete al infierno, puta de mierda.

La muchacha estaba a punto de disparar cuando la pequeña se interpuso entre ella y su padre.
           
— ¡Esperad! Yo sé dónde está esa llave que buscáis.
           
— ¡No! Maldita sea, Carmen, ¡no se lo digas!
           
La pequeña hizo caso omiso a su orden, creyendo que ese acto heroico por su parte podría salvar la vida de su padre, quien, a pesar de ser un borracho violento y holgazán, era la única familia que le quedaba tras la muerte de su madre. Se dirigió hacia la chimenea, sobre la repisa de la cual descansaba un pequeño cofre de color negro ribeteado en plata. Un objeto un tanto caro para un campesino, pensó la joven de la capa, al tiempo que una media sonrisa comenzaba a formarse en su rostro. Ya casi podía paladear el dulce sabor de la victoria. La pequeña abrió el cierre del cofre y levantó suavemente la tapa forrada en terciopelo rojo. La joven asesina vislumbró la llave en su interior antes de que la niña pudiera sacarla y tendérsela en un gesto tembloroso e inseguro.
           
— Vuestra hija ha demostrado tener más coraje que vos, señor Álamo. Ahora, pequeña — dijo, al tiempo que se inclinaba sobre ella para poder ponerse a su altura—, quiero que salgas inmediatamente de este lugar y corras lo más rápido que puedas para refugiarte en la casa del vecino más cercano. Dile que tus padres han muerto y que necesitas que alguien se haga cargo de ti. Pero, recuerda, es vital que no le reveles a nadie quién soy yo ni que he estado aquí, ¿me has comprendido? — inquirió, agarrándola con fuerza por los hombros, pero asegurándose de que no le hacía daño —. Nadie debe saber nada de mí.
           
La pequeña asintió enérgicamente con la cabeza y, tras dirigir una última mirada a su padre, echó a correr hacia el frío viento invernal. A los pocos segundos se oyeron dos disparos seguidos. La pequeña cerró los ojos con fuerza, en un vano intento por contener las lágrimas, que ya corrían libremente por su rostro, al tiempo que incrementaba la marcha. Sus padres habían muerto a manos de la dama de la noche, pero ella no iba a ser la siguiente. El viento helado cortaba su piel como si de cien mil pequeñas cuchillas se tratara. Había contemplado la sangre brotar de la herida abierta de la cabeza de su madre. Había visto cómo esa misma sangre teñía de rojo el rostro de aquella mujer endemoniada. Había permitido que esa asesina acabara con su padre, y la dejara huérfana y desprotegida. No había hecho nada para detenerla. Y ahora se sentía inútil, impotente. Era como si ella misma hubiese apretado el gatillo.
           
Tras varios kilómetros, apareció una pequeña casita a un lado del camino. Detuvo su desesperada carrera de forma abrupta. Conocía esa casa como la palma de su mano. De una de sus ventanas parecía filtrarse al exterior la cálida luz de una chimenea. Era la casa de Louis Bacquerie. Allí estaría segura de aquella asesina sanguinaria y desquiciada.
           
— ¡Señor Bacquerie! — gritó a pleno pulmón, como si no hubiera mañana, como si la vida dependiera de que el dueño de aquella casa acudiera a socorrerla — ¡Señor Bacquerie! — repitió con más energía si cabe, al ver que nadie respondía a su llamada. No le cabía duda de que el señor Bacquerie, aquel caballero francés de acento meloso y modales impecables, la ayudaría, pues siempre había sido muy amable y compasivo con ella. Cada vez que se encontraban le regalaba uno de esos dulces de chocolate que siempre comía, y en más de una ocasión la había dejado dormir en su casa, cuando su padre estaba demasiado borracho como para ser capaz de distinguirla de su propia madre.
           
Louis se levantó de la silla donde se encontraba sentado frente a la chimenea al escuchar los gritos de la pequeña, y se dirigió a la puerta de entrada con presteza. Reconoció su voz en cuanto la oyó llamarlo por su nombre, la desesperación tiñendo sus palabras. Se temió lo peor cuando la vio ante su puerta, temblorosa y cubierta de sangre, sola y desamparada cual alma en pena. ¿Habría cumplido su padre la amenaza de acabar con la vida de su esposa? ¿Se habría atrevido ese malnacido a matarla delante de su hija a sangre fría?
           
— ¿Qué sucede, Carmen? — le preguntó estupefacto a la pequeña, pronunciando el nombre de ésta con su delicioso y característico acento.
           
— Ha sucedido algo terrible, señor. Una tragedia — contestó la niña, repitiendo palabra por palabra lo que la asesina le había ordenado que dijera, temblando de frío y miedo a un tiempo —. Mis padres están muertos.
           
Y algo en su mirada le decía que Carmen no estaba contándole toda la verdad.

domingo, 19 de mayo de 2013

A Sangre y Fuego


Buenas noches a tod@s. Hace más de una semana que estoy con este relato pero por fin he conseguido acabarlo. Debo advertiros de varias cosas antes de que lo leáis. Primero, es bastante más largo de lo que suelo escribir normalmente, así que tomároslo con calma. Segundo, este relato es bastante complejo a nivel de forma, que no de contenido (aunque también). Es un relato experimental, en el que quería tratar de "imitar" (aunque es imposible imitarla, pues no le llego ni a la suela de los zapatos) a la gran autora inglesa Virginia Woolf. Es decir, que en este relato hay mucho monólogo interior, mucho stream of consciousness, mucho flash back y mucha introspección. Asimismo, me gustaría hacer una mención especial de un lugar que últimamente me inspira mucho: la pastelería La casa de los dulces, donde he escrito parte de este relato, que se encuentra cerca de la Plaza de la Virgen de Valencia. Si alguna vez pasáis por la zona, no dudéis en visitarla y probar las milhojas, los cruasanes de chocolate y los pasteles de manzana, que están de muerte (el principio del relato está ambientado también en esta pastelería). Y bien, después de esta publicidad subliminal, os dejo con el relato. Espero que lo disfrutéis, aunque ya os aviso de que es bastante raro. ¡Un beso!

Este relato está dedicado a mis amigas Patricia y Anna. Chicas, sin vosotras no habría acabado este relato. Gracias por vuestros sabios consejos. 


"'Las pasiones violentas tienen finales violentos y tienen en su triunfo su propia muerte. Como fuego y pólvora, que al besarse... se consumen".
William Shakespeare 


Su mirada permanecía fija en la figura, escuálida y diminuta, que se encontraba despachando pasteles y sirviendo cafés tras la barra de uno de los locales más famosos de la capital del Turia. Se colocó el arma sigilosamente en el bolsillo trasero de los pantalones, sin apartar los ojos ni un segundo del que, desde hacía ya varios meses, había sido su escurridizo objetivo. Apoyó las manos contra el frío muro de piedra, sintiendo como la ira hacía hervir la sangre en sus venas. La traición había quedado grabada a fuego en su piel de marfil, si bien ella no tenía ninguna obligación para con él, dada la forma tan peculiar en que había irrumpido en su vida, poniéndola literalmente patas arriba, tan sólo unos meses atrás.
           
La manecilla pequeña de su reloj de diseño se posó sobre el seis. Las seis en punto. La muchacha desapareció tras la puerta que conducía al obrador para reaparecer, sólo unos segundos más tarde, vestida de calle y con la larga cabellera azabache recogida en un moño alto. Su turno había tocado a su fin y ahora se iría en busca del descapotable rojo que tenía aparcado en zona azul, a sólo unas manzanas de allí. El “vigilante” se puso en movimiento en cuanto la muchacha abandonó la pastelería y comenzó a seguirla a una distancia prudencial, sin perderla de vista ni una fracción de segundo.
           
Llevaba en esa ciudad algo más de una semana, pero seguía sin acostumbrarse al calor sofocante que lo golpeaba con fuerza las veinticuatro horas del día, infatigable, implacable. La muchacha giró ahora hacia la derecha y siguió todo recto, en dirección a las facultades. Le resultaba curioso que, conociéndola desde hacía ya varios meses, no supiera qué carrera estaba estudiando. No se le había ocurrido preguntárselo. Su vida personal no le había parecido relevante durante la intensa  semana que pasaron juntos en el sur del país vecino. Ahora, sin embargo, le resultaba antinatural sentirla tan cercana a él y, al mismo tiempo, tan misteriosa, tan indefinida, como una sombra vaga que, cuando crees haberla atrapado con las manos, se te escurre inexorablemente de entre los dedos.
           
La muchacha se saltó un semáforo en rojo y echó a andar a paso vivo, como si hubiera descubierto que alguien la estaba siguiendo y quisiera darle esquinazo. El “vigilante” apretó el paso, apartando a codazos a quienes se cruzaban en su camino, mas refrenaba sus ansias de echar a correr tras ella para no descubrirse tan pronto. La imagen de la mañana en que se conocieron se formó vívidamente en su mente. Recordaba que la había obligado a suturar la herida de su compañero moribundo a punta de pistola. Rememoraba el estoicismo que la había dominado mientras se concentraba en coser la herida, a pesar de que el cañón de la pistola descansaba en su sien, y de que su amiga se retorcía, histérica, en la otra punta de la diminuta habitación.
           
“No soy cirujana”, le había dicho cuando él le ordenó que salvara a su compañero. “No tengo ni idea de suturar. La herida se le podría infectar y…”
           
“Tú harás lo que yo te diga”, le había respondido él, encañonándola con el arma. “¿O es que acaso se te olvida quién tiene la pistola?”
           
Ella lo había mirado directamente a los ojos, retándolo, sin un ápice de miedo en ellos. Sus músculos se habían vuelto rígidos y su pulso era firme. Había que reconocer que la muchacha los tenía bien puestos. Giró nuevamente a la derecha y siguió todo recto. Había cometido un error de cálculo. La muchacha no había aparcado en la zona azul, sino frente a la Facultad de Historia. El “vigilante” frenó en seco, al tiempo que se ponía la capucha para ocultar su rostro en la medida de lo posible. Había estado a punto de descubrirlo. Claro que ésa era la menor de sus preocupaciones. El problema de verdad radicaba en cómo iba a seguirla hasta su casa si tenía la moto aparcada en la puñetera zona azul, a unas cuatro manzanas de allí.
           
Consideró todas las opciones posibles y, dado que tenía que actuar deprisa, antes de que su presa volviera a escapársele de las manos, se decidió por “tomar prestada” una bicicleta que había apoyada junto a la boca de metro.
           
El descapotable rojo atravesó las calles de la ciudad sorteando el tráfico reinante, sin percatarse de que su perseguidor, el protagonista de sus pesadillas más oscuras, se encontraba tras ella, a escasos metros de distancia. No pasaba una noche en la que Iris no soñara con aquella catastrófica semana en el sur de Francia. Tenía suerte de haber salido con vida de allí, si bien no había sido gracias a la desastrosa actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
           
“Tú harás lo que yo te diga”, aquella orden seguía resonando en su mente, haciendo que su corazón se detuviera, paralizado por el terror. “¿O es que acaso se te olvida quién tiene la pistola?” No, no se le había olvidado. No lo había vuelto a ver en más de tres meses. Había irrumpido en su vida como un vendaval, caótico, violento, demoledor… y había salido de ella de la misma forma, sin dejar tras de sí más huella que la de sus recuerdos compartidos. Pero a pesar de todo ello, si cerraba los ojos con fuerza, todavía podía vislumbrar sin dificultad su rostro de duras facciones, sus cejas pobladas y su barba descuidada. Podía sentir el áspero tacto de su piel, surcada de cardenales y cicatrices – “heridas de guerra”, las llamaba él –, una piel tan blanca como el papel que casi podría tildarse de exánime. Se aferró con fuerza al volante, recordando lo que era sentir sobre su nuca los labios agrietados de aquel psicópata que encendía en ella sentimientos tan contradictorios. El semáforo se puso en verde. Su casa estaba a unas pocas manzanas de allí. Sonrió para sus adentros al pensar que en unos pocos minutos estaría dándose un buen baño de espuma, para después echarse a dormir con su gato un par de horas de siesta reparadora.
           
No le costó mucho trabajo aparcar esa tarde, cosa que agradeció enormemente, pues el agotamiento había hecho tal mella en su cuerpo que no habría sido capaz de defenderse de un atacante en caso de que la hubiesen intentado atracar en ese preciso instante. El estómago le dio un vuelco al recordar la visita que había recibido aquella misma mañana en la pastelería. Asier estaba en la ciudad. La pesadilla se había hecho carne. El atacante podría salir de entre las sombras en cualquier momento. ¿Cómo podía haber sido tan confiada? ¿Cómo podía haber sido tan estúpida como para ignorar su amenaza? Quizá debería haber obedecido su orden y acudir al hotel a las cinco, pero había tenido sus razones para rehusar su “invitación”. No estaba dispuesta a humillarse ante él una vez más.
           
Eran poco más de las once y media cuando el día se había convertido en un completo infierno. Hacía poco más de veinte minutos que su turno había empezado cuando sintió una profunda mirada clavarse sobre su espalda, taladrando su carne. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al sentir cómo sus peores temores se hacían realidad. Supo quién era antes incluso de darse la vuelta.
           
“Necesitaba verte”. Sus ojos color avellana brillaban con una violencia inusitada. Esa violencia que ella conocía también. Se preguntó si acaso ese hombre conocía algún estado de ánimo alternativo a la violencia en su estado más puro. “¿Hay algún sitio donde podamos hablar, Iris?”
           
Se estaba conteniendo porque estaban en un lugar público, de lo contrario ya habría saltado a su cuello como un depredador hambriento. Era consciente de que estaba poniendo en riesgo su vida y su libertad saliendo de su escondite y exponiéndose a la luz pública, sólo para hablar con ella, pero Iris se vio incapaz de decirle palabra alguna durante un par de segundos. Asier comenzó a impacientarse. Ella mejor que nadie sabía que era un hombre de sangre caliente.
           
“Iris, no puedo quedarme mucho rato”, le había recordado con tono apremiante. “Estoy trabajando”, fue su escueta respuesta. Después de tres meses sin tener noticias suyas, sin saber si volvería a verle, su retorno había supuesto un shock para ella. La había dejado congelada, sin saber cómo reaccionar ante su presencia.
           
Apretó los dientes con tal intensidad que por un momento temió que se le fueran a partir. Sacó una tarjeta del bolsillo de sus  vaqueros azules y se la tendió, sus manos rígidas, frías como una barra de acero. Clavó sus ojos en ella. La amenaza implícita que había escrita en ellos no le pasó desapercibida.
           
“Me alojo en este hotel”, explicó, sin relajar un ápice los músculos de su cuerpo. Iris echó un rápido vistazo al nombre que aparecía impreso en la tarjeta que le había ofrecido. Había oído hablar del lugar en cuestión y sabía dónde se encontraba situado. “Ven a verme esta tarde a partir de las cinco”. De nuevo esa amenaza, esa demanda ponzoñosa, tan soberbia y desdeñosa, tan segura de sí misma que no permitía réplica alguna. Ese tonillo prepotente y autoritario fue lo que la hizo rebelarse contra el hombre que había puesto su vida patas arriba en poco más de unas semanas; que había reducido a cenizas sus sueños, sus metas; aquél que había destruido sin apenas esforzarse su maltrecha dignidad.
           
“No voy a ir a ningún sitio”, replicó, la voz dotada ahora de una fuerza renovada, resurgida de entre las cenizas de su alma pisoteada y maltratada. Una fuerza con la que nunca se había atrevido a dirigirse a él. Su mirada dorada ardió con una furia desbocada. Deseaba gritarle, deseaba morderla, pero, de nuevo, estaban en un lugar público. Iris se sintió aliviada por ello. “Quiero que salgas de mi vida. Quiero que olvides que alguna vez nos conocimos”.
           
Sacó las llaves del bolsillo trasero de su vieja mochila de cuero marrón y abrió con ellas el portal. Llevaba todo el día tratando por todos los medios de olvidar la aparición en escena de Asier, mas era absurdo tratar de disfrazar el miedo. Si había sido capaz de secuestrarla una vez, si había podido burlar a la policía de dos países hasta las últimas consecuencias, si no le había temblado la mano al abandonar el cadáver de su compañero en un vulgar secarral, lo más sensato era temer por su vida. Pulsó el botón del ascensor con la mano temblándole violentamente. Debía esperar su visita, pues sin duda se presentaría en su casa en el momento menos pensado. Y quién le decía a ella que esta vez no apretaría el gatillo.
           
Se montó en el ascensor, siendo por primera vez consciente de la temperatura sofocante que envolvía el ambiente. Asier se había puesto esa mañana una ajustada camiseta de tirantes que se adhería a su cuerpo como un guante. Él tendría que estar sufriendo especialmente los efectos de ese insoportable calor estival. El ascensor se detuvo en el segundo piso. Había llegado por fin a su parada. Asió las llaves con fuerza, en un vano intento por detener el violento tembleque que sacudía sus manos. Introdujo la llave correspondiente en la cerradura y empujó suavemente la puerta para ser recibida por su felino.
           
— Hola, hermoso — lo saludó cogiéndolo en brazos de forma protectora —. ¿Me has echado de menos?
           
El animalito se limitó a soltar un quejumbroso maullido, al tiempo que se revolvía entre los brazos de su dueña para que lo liberara de una vez. Iris finalmente se resignó. Tal vez su padre tuviera razón. Tal vez había que dejar al gato a su aire y no tratar de imponerle sus empalagosas carantoñas que, por otra parte, no eran más que un signo de sus propias carencias afectivas. ¿Y dónde estaba ahora Asier? El silencio y tranquilidad reinantes de su apartamento estaban empezando a ponerla paranoica. Su cuerpo se había desconectado de su mente, no era ya consciente de la realidad exterior. Sólo sentía el miedo palpitante bajo sus venas. La incertidumbre martilleaba contra sus sienes, llevándola a hacer absurdas especulaciones sobre cuál podría ser el siguiente movimiento del que había sido su amante forzado durante algo más de una semana, tantos meses atrás.
           
Sus pasos inciertos la llevaron al dormitorio, donde empezó a despojarse de sus prendas de vestir empapadas de sudor. La parte de sí misma que aún era vagamente consciente de la realidad exterior consideraba que un buen baño la ayudaría a ver las cosas desde un punto de vista más positivo. No se cuestionó ni por un segundo lo estúpida que resultaba aquella infantil concepción según la cual algo tan fútil como darse un baño iba a ser la solución a sus problemas. Se arrastró sin más al pequeño cuarto de baño que se encontraba tras la puerta de al lado. Abrió el grifo del agua fría antes de ponerse a rebuscar en los armarios las sales y geles de baño. Cualquier cosa que pudiera detener el flujo de sus pensamientos era bienvenida.
           
Mientras su dueña se mantenía ocupada realizando aquellos extraños rituales que los humanos practicaban regularmente con el agua y otros productos extraños de olor nauseabundo, Misha se percató de que unos desconocidos pasos sigilosos se aproximaban hacía la puerta de entrada. Todos sus instintos se pusieron en alerta y comenzó a maullar como un poseso, mas su dueña – aunque él se resistía a reconocerla como tal – no parecía oírlo. Tras un par de forcejeos en la puerta, el extraño consiguió que ésta cediera. El felino se puso en guardia de forma inmediata. Aquel hombre vestido de negro de pies a cabeza le daba muy mala espina. Era demasiado alto y corpulento como para ganarle en un combate cuerpo a cuerpo, decidió, pero podía intentar bufarle un par de veces para ver si así lo intimidaba. No funcionó. El extraño se mofó en su cara y avanzó a grandes zancadas por el pasillo principal hasta llegar al salón. Allí se detuvo en seco, escrutando atentamente todos y cada uno de los sonidos de la casa. El agua corría en el baño. Esbozó una malévola sonrisa al tiempo que sacaba del bolsillo trasero de sus vaqueros negros un extraño instrumento del mismo color. Era su última oportunidad. Si ese hombre hacía algún daño a su dueña sin él haber hecho nada para evitarlo, llevaría ese peso sobre su conciencia el resto de su vida. Se lanzó a su espalda, clavando en ella sus uñas afiladas, al tiempo que rasgaba con sus colmillos de tigre la tierna piel de la nuca. El extraño soltó un alarido de dolor que Misha esperó que su dueña escuchara. Mas nada sucedió. El hombre de negro se zafó de él con un brusco manotazo antes de continuar, directo a su objetivo. Desesperado, el gato maulló con todas sus fuerzas, hasta casi desgañitarse. Su dueña parecía haberse quedado completamente sorda. El extraño abrió la puerta del baño con una patada certera, al tiempo que apuntaba con su arma hacia un objetivo indeterminado. Misha no se atrevió a moverse del sitio, pero era lo suficientemente inteligente como para comprender que su dueña corría un peligro mortal.
           
— Iris — la llamó desde el umbral de la puerta, sin un halo de emoción en la voz. Se había vuelto frío como el hielo, si bien aquella gélida apariencia no era más que pura fachada. En su interior, la sangre se había convertido en un violento fuego rojizo que iba a reducirlo todo a cenizas —. Sal de la bañera. Tú y yo tenemos una conversación pendiente.
           
Se quedó paralizada, la espalda apoyada contra el duro respaldo de la bañera, el agua tornándose en una laguna helada a su alrededor; el miedo atenazando de nuevo cada célula y tejido de su cuerpo. Sabía que no le temblaría la mano a la hora de dispararle, y se obligó a ponerse en movimiento, tragándose su orgullo y dignidad una vez más.  Se puso en pie con lentitud, sintiendo los músculos agarrotados, como si también ellos se resistieran a salir al encuentro de su atacante. En un repentino golpe de timidez, trató de cubrir su desnudez con ambas manos, lo que provocó una sonora carcajada por parte de Asier.
           
— Un poco tarde para eso, ¿no te parece, querida? — la lujuria explícita que vislumbró en su mirada la traspasó como un rayo, enviando descargas eléctricas por todas sus terminaciones nerviosas. Sacó un pie de la bañera y lo puso sobre la alfombrilla, para después hacer lo propio con el otro. Quedaron el uno frente a la otra una vez más. Tenían tantas cosas que decirse y reprocharse que ninguno sabía muy bien por dónde empezar. Iris se decidió finalmente por romper el hielo, si bien su comentario no resultó quizás demasiado brillante.
           
— Te has cambiado de ropa.
           
Asier se quedó mirándola perplejo durante un par de segundos, asimilando aquellas palabras vacías sin saber muy bien cómo interpretarlas. Quizá escondían un significado oculto, o tal vez Iris sólo estuviera tratando de aliviar la tensión del momento. Su mirada descendió hacia sus negros ropajes para después asentir levemente con la cabeza.
           
— Ya sabes que el negro es mi color.
           
Esbozó una escueta sonrisa con la que trataba de relajar un poco el ambiente, si bien su mano seguía aferrando el arma con férrea determinación. No pensaba utilizarla contra ella, al menos de momento. Su intención había sido simplemente asustarla un poco para demostrarle que era él quien mandaba, el que llevaba los pantalones en esa relación. Si es que a eso que tenían se le podía definir como “relación”. Iris no le devolvió la sonrisa. Estaba tiritando por el brusco cambio de temperatura que la había golpeado al salir del agua. Los dientes le castañeteaban y se abrazaba el estómago, en un vano intento por darse a sí misma algo de calor. Asier recorrió el pequeño cuartito en busca de algo con lo que cubrir su cuerpo desnudo. Encontró a su derecha un colgador con un par de toallas, y le tendió a Iris la que parecía más amplia. No se atrevió a envolverla él mismo con ella, pues todavía temía su rechazo. La muchacha la agarró bruscamente antes de arroparse con ella, para después inclinar la cabeza en su dirección, en un vago gesto de agradecimiento. 
           
— Asier, creí que esta mañana había sido lo suficientemente clara cuando te dije que quería que salieras de mi vida — su voz, firme y cortante, no parecía dejar margen a la esperanza.
           
— No sé si te das cuenta de que no estás en posición de decirme lo que tengo que hacer — replicó, la ira encendiendo sus mejillas, al tiempo que dirigía una mirada elocuente al arma que portaba en la mano — ¿O es que acaso se te olvida quién tiene la pistola?
           
Nuevamente le lanzaba aquel dardo envenenado en forma de pregunta retórica. Una pregunta que la transportó en el tiempo, desconectando de nuevo su mente del envoltorio material que la recubría, hasta el preciso instante en que su vida había dejado de tener sentido para siempre. El momento en que el hombre que tenía ahora ante ella la había obligado a coser una herida de bala a punta de pistola.
           
Habían entrado por la fuerza en casa de Anna. Ni siquiera las habían dejado terminar de comer. Ambos tenían pinta de haber participado en un tiroteo, pues presentaban varios orificios de entrada por arma de fuego, y parecían haber perdido una cantidad considerable de sangre. Sin embargo, el que tenía la herida en el pecho e iba a remolque de su amigo más corpulento, necesitaba urgentemente cuidados médicos.
           
“¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Cómo han entrado en mi casa?!, les había exigido Anna, completamente fuera de sí. La sangre manaba a borbotones de la herida abierta, como el agua viva de un río. La vida se le escapaba con cada soplo de aire que inhalaba y, en vez de llevarlo rápidamente a un hospital, habían decidido presentarse en casa de su amiga, convirtiéndolas a ellas en cómplices del delito que acabaran de cometer.
           
Iris trató de mantener la calma en todo momento, a diferencia de su amiga, que era un auténtico manojo de nervios. Por primera vez en su vida se alegró de haber heredado la sangre fría de la familia de su padre. Y fue en ese preciso instante cuando sus ojos se encontraron por vez primera. Contra todo pronóstico, se dejó sumergir en las truculentas aguas de sus ojos tostados, imaginando cuál sería su nombre o procedencia, por qué estaba sangrando como un cerdo, quién les habría disparado, de qué forma habrían acabado allí, echados en el sofá de su amiga, tratando en vano de curarse unas heridas que, sin duda alguna, acabarían infectándose – si es que no les sucedía algo mucho peor –, a menos que se pusieran de forma inmediata en manos de un médico.
           
Quizá fue su frialdad la razón por la que la eligió para que se encargara de su compañero. “Yo no soy cirujana”, le había contestado ella, puede que con un deje de altanería en la voz que, dada la posición de desventaja en la que se encontraba, resultaba fuera de lugar. Pero ¿quién entiende la naturaleza humana? No existe un patrón uniforme que rija la conducta que adoptaremos en una situación límite. Cuando nos apuntan a la cabeza con una pistola, la razón y la lógica salen por la ventana, y no nos quedan más que nuestros instintos más básicos para enfrentarnos a nuestro oponente.
           
— Eres tú el que no estás en posición de darme órdenes — replicó, la furia bombeando con cada latido de su corazón, brotando de cada uno de los poros de su piel — ¿O es que acaso se te olvida que estás en busca y captura? Márchate ahora mismo de mi casa o te juro que llamo a la policía.
           
Una carcajada histérica brotó del fondo de su garganta. Resultaba curioso que, aun hallándose indefensa ante un psicópata armado y desquiciado, todavía tuviera suficiente fuego en las venas como para tratar de intimidarlo y salir vencedora en la batalla. Quizá era eso lo que le resultaba tan fascinante e irritante a un tiempo en esa mujer. No tenía miedo. O para ser más exactos, lo tenía, pero no dejaba que la dominara. No importaba que las pocas veces en las que se había enfrentado a él hubiera salido perdiendo. Ella seguía intentando por todos los medios librarse de él, si bien ambos eran conscientes de que lo suyo no acabaría hasta que el fuego que los consumía los redujera a cenizas a ambos.
           
Para llamar a la policía primero tendrías que tener acceso a un teléfono, y, a su vez, para ello tendrías que ser capaz de salir con vida de esta habitación. Y mucho me temo que ninguna de las dos cosas va a suceder mientras yo tenga esta pistola en mi poder.
           
Iris se quedó mirando el arma con una fijación que rallaba lo enfermizo. Había una posibilidad entre mil de que la idea que tenía en mente saliera bien, pero ¿acaso tenía otra opción? No hacía falta ser muy listo para saber por qué había vuelto Asier. Quería llevársela consigo a dónde quiera que fuera su próximo destino. Otra vez. Otra vez privada de su libertad, otra vez sometiendo su voluntad a la de ese terrorista psicótico que la mataría a la primera oportunidad. ¿Era ésa la clase de vida que la aguardaba? ¿De verdad el destino podía ser tan cruel?
           
“Ahora o nunca”, se dijo, tratando de darse ánimos a sí misma para llevar a cabo tan peligrosa misión. Se abalanzó sobre él, imitando en la medida de sus posibilidades el salto que Misha realizaba a veces cuando trepaba por a la estantería del salón, con un movimiento elegante y certero. Cayeron los dos al suelo, el uno sobre el otro, Iris aferrándose a la pistola y tratando por todos los medios de arrebatársela a Asier, mientras que éste intentaba zafarse de ella con un intenso forcejeo.

No lo había visto venir. Actuar tan impulsivamente no era propio de ella. Sin duda había copado los límites de su paciencia, pero eso no cambiaba el hecho de que se pertenecían el uno al otro, y ella tendría que acabar aceptándolo. Consiguió arrebatarle el arma de las manos y ponerse en pie. ¡Maldición! Estaba seguro de que iba a dispararle, había conocido a muchos asesinos y podía leer en sus ojos la sed de sangre. Tragó saliva. Si así lo habían decretado los dioses, que así fuera. Su relación había empezado con sangre, y con sangre debía terminar.
           
— ¡Márchate ahora mismo de mi casa y no vuelvas más, o te juro que te vuelo la tapa de los sesos, jodido psicópata de mierda!
           
Había perdido los papeles, lo que significaba que su puntería no sería tan certera. Quizá aún tuviese una oportunidad. Con un poco de suerte sólo le daría en una pierna, una herida superficial que, sin embargo, teñiría de rojo sangre las blancas baldosas. Una herida que le impediría caminar en al menos un par de semanas. Tendría que acogerlo en su casa. Tendría que cuidarlo.
           
— ¡Dispara! — la alentó, afectando su voz con ira fingida — ¡Dispárame!
           
Asier consiguió ponerse en pie. La pistola apuntaba hacia su pecho desprotegido. Afuera se oyeron los maullidos quejumbrosos de Misha, que, si bien intuía que algo no andaba bien, no se atrevía a hacerse el héroe por segunda vez.
           
— Te he dicho que te vayas de mi casa.
           
Sus ojos estaban anegados en lágrimas; el pulso le fallaba; de sus labios brotaban vocablos inconexos y quebradizos. No iba a disparar. Clavó en ella sus doradas pupilas. Tenía que recuperar la pistola. Afuera los maullidos se hicieron más intensos. ¿Por qué no se callaba el maldito animal? Avanzó unos pasos hacia ella, el corazón bombeando contra su pecho a un ritmo demoledor. Extendió las manos al frente, en forma de escudo, mas la víctima se vio amenazada. Un cañonazo ensordecedor atravesó sus oídos felinos, haciendo que el pelaje se le erizara, y la cola aumentara tres veces de tamaño. ¿Por qué había sido tan cobarde? Quizá su dueña ahora estuviese muerta.
           
No fue consciente de que Iris había apretado el gatillo hasta que la bala atravesó su piel, para finalmente alojarse en su hombro derecho. Un insoportable escozor carcomía la carne que rodeaba la herida abierta; un dolor punzante se abría paso por su brazo, dejándolo paralizado e indefenso ante ella.
           
— ¡Dios santo! — exclamó, al ser consciente por vez primera de lo que acababa de hacer. El arma resbaló de sus manos, para poder cubrir con ellas su atónito rostro. La sangre manaba de la herida, tiñendo su blanca piel de un vivo color escarlata. “La nieve cubre con su manto de inocencia los crímenes del mundo”, había dicho él en cierta ocasión, cuando ella le preguntó acerca de sus asesinatos. La nieve, blanca como su piel. La sangre, roja como la muerte más oscura.
           
Se había sentado en el borde de la bañera. Quería preguntarle qué podía hacer para ayudarlo, pero no se atrevía. Se apretaba con la mano la herida, cerrando los ojos y apretando los dientes para contener el dolor. Anhelaba con todas sus fuerzas sentir pena por él, mas el único sentimiento que ese hombre despertaba en ella era el más absoluto desprecio. Se armó de valor. El destino le había dado la oportunidad de acabar con aquella historia de una vez por todas, se dijo. Tenía la pistola a escasos centímetros de sus pies. La miró indecisa por unos instantes, después alzó la vista en su dirección. Él había pensado lo mismo.
           
— Ninguno de los dos va a salir con vida de aquí — sentenció, las palabras surgiendo de entre sus dientes, ácidas, corrosivas. Se abalanzaron ambos sobre el arma a un tiempo, como dos bailarines haciendo alarde de una coordinación perfecta en una coreografía improvisada. El arma se disparó dos veces, dándole de lleno en el pecho. Sintió la sangre caliente recorrer su cuerpo desnudo en sentido descendente. Le abrasaba la piel. Sus ojos se clavaron en los de él un segundo antes de arrebatarle definitivamente la pistola de las manos. Apuntó a su cabeza. Sus miradas se encontraron por última vez. Un disparo y quedó esparcida en la blanca superficie del baño gran parte de su masa encefálica. La sangre había teñido de rojo la cortina azul, la bañera blanca, la camiseta negra. La sangre había llenado de salpicaduras carmesíes el armario y el inodoro. Allá donde la vista se detenía se encontraba con sangre.
           
Porque con sangre había empezado su relación y con sangre había acabado. La muerte dejaba tras de sí un mar teñido de rojo. La muerte dejaba tras de sí un mar de sangre. 

viernes, 26 de abril de 2013

Rojo sangre


Aquí os dejo un relato cuyo argumento ni yo misma comprendo muy bien. Es un poco desconcertante en algunas partes y muy rojo, por así decirlo. Debo reconocer que me inspiré viendo la serie Gran reserva, y que los tres personajes que aparecen en el relato pueden ser fácilmente identificables con algunos personajes de la serie (para aquellos que veis  la serie, para los que no, pues os da igual Xd). Espero que os guste y que cada uno saque sus conclusiones, pues, como viene siendo habitual, tiene un final abierto. 




— No tengo por qué darte explicaciones — repliqué ofuscada. Su falta de confianza en mí era proporcional a la ira que aquello me provocaba. En circunstancias normales lo habría dejado correr, pero mi hermano tenía el inoportuno don de encenderme la sangre. Dirigí una mirada furtiva hacia el jarrón de porcelana china que se encontraba junto a la puerta de entrada. Sería tan fácil golpear su cabeza con él, descargar toda la rabia que sentía contra ellos en un solo golpe, seco y certero. La porcelana se haría añicos; la sangre brotaría, espesa y escarlata, sin control alguno de su cabeza abierta. Su cuerpo desmadejado caería al suelo sin vida, desparramado, cual muñeca de trapo, sobre la vieja alfombra de mi madre. La sangre teñiría de rojo el blanco tejido. Su sangre. Mi sangre. La sangre de la familia, tan pura y antigua como el vino que producíamos. Apreté los puños con fuerza, dejando que mi mente volviera a tomar control de mi cuerpo. El fratricidio no iba a ser la solución a mis problemas.
           
— Si has mentido a la policía por él…
           
— No he mentido.
           
— Entonces es verdad. Te has acostado con él.
           
La decepción que leí en su mirada me traspasó como un cuchillo, de parte a parte. Sentí el frío acero de sus gélidas pupilas atravesar mi carne y rasgar mi alma hasta dejarla hecha girones. Quizá no debería haberle mentido, pero la verdad tampoco habría conseguido calmar los ánimos. Lo único que importaba era que había ayudado al enemigo, exponiéndome con ello a mí misma, sin importar las consecuencias que aquello pudiera acarrear. ¿Y por qué razón? Creía firmemente en la inocencia de Ángel. Era un bala perdida, pero eso no lo convertía necesariamente en un asesino. Llamaron a la puerta. La tensión de mis músculos se alivió ligeramente. Aquella visita aplazaba la discusión con mi hermano hasta nueva orden. O eso creía yo.
           
Giré sobre mis pies y eché a andar en dirección a la puerta. La sangre se tornó hielo en mis venas al descubrir quién se encontraba tras ella.
           
— Ángel, ¿qué estás haciendo aquí?
           
— He venido a darte las gracias por lo que hiciste por mí esta mañana en comisaría. Aunque debo confesar que no acabo de comprender la razón por la que lo hiciste. ¿Acaso has cambiado de opinión sobre…?
           
Frenó en seco al detenerse sus ojos sobre mi hermano. Una media sonrisa comenzó a formarse en sus labios mientras lo recorría de arriba abajo con una mirada desdeñosa. Lo observaba, divertido desde su inmensa altura, con un aire de superioridad que estaba empezando a exasperar a David. Mi hermano, un animal de sangre caliente, impulsivo y muy poco amigo de guardar las apariencias, estaba a punto de saltar a su cuello. No había duda: los hombres eran animales de costumbres.
           
— Ángel, creo que lo más conveniente para todos sería que te marchases. Si no te importa, preferiría dejar para otro momento la conversación que tenemos pendiente.
           
— No lo creo oportuno, Nuria — replicó, la soberbia tiñendo su voz. Alcé la vista hacia su rostro hasta que nuestros ojos se encontraron. Se me hacía terriblemente incómodo hablar con una persona cuya altura sobrepasaba el metro noventa, pero el aura de oscuridad que envolvía su presencia hacia que ese hombre me resultara, además, intimidante en grado sumo —. Quiero zanjar este asunto de una vez por todas.
           
La mirada que le dirigió a mi hermano fue lo suficientemente clara como para hacerle comprender que en aquellos momentos su presencia estaba de más. Con el ímpetu que lo caracterizaba, David descargó un golpe seco sobre la vieja mesa de madera, para después marcharse de la casa dando un fuerte portazo.
           
— Tu hermano tiene carácter — espetó, centrando ahora en mí toda su atención. Desvié la mirada de su rostro, repentinamente nerviosa ante su presencia. Clavé mis ojos en su gastada chupa de cuero negro, que casi parecía formar parte de su piel, al tiempo que le indicaba con un torpe gesto de mi mano que entrara y tomara asiento. El penetrante aroma a limón que quedó flotando en el aire cuando pasó junto a mí inundó mis fosas nasales, dejándome sin oxígeno durante un par de segundos. Me quedé paralizada, observando, con la cabeza embotada, su estrecha cintura. No me sentía capaz de reaccionar. De nuevo, mi falta de experiencia me llevó a cometer el error de iniciar una conversación que podía dar lugar a malentendidos.
           
— ¿Tenías una relación con esa chica?
           
No respondió inmediatamente, lo que me concedió el tiempo necesario para arrepentirme de haber formulado aquella pregunta.
           
— Nos acostábamos de vez en cuando, pero no había nada serio entre nosotros.
           
Aquella respuesta no supuso un consuelo para mí, a pesar de que era más que previsible, dada la fama de mujeriego que Ángel ostentaba en el pueblo. Saqué dos tazas de café de la vitrina que se encontraba sobre la repisa de la cocina, para después calentar un poco de leche en el microondas. Supuse que, tras haber pasado tres noches en el calabozo, una buena taza de café le ayudaría a asentar el cuerpo.
           
— No has contestado a mi pregunta, Nuria —  me recordó, su voz a escasos centímetros de mi oído. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal al darme cuenta de que lo tenía tras de mí. ¿Cómo había conseguido moverse tan rápido y sin que yo lo hubiese advertido? O Ángel era un hombre muy sigiloso o yo terriblemente despistada — ¿Por qué has mentido a la policía por mí?
           
Su cálido aliento acarició mi oído, enviando espasmos eléctricos por toda mi piel. Su cabello negro azabache rozó mi cuello, haciéndome cosquillas, mientras que sus manos fueron a tomar posesión de mi cintura. Ya sabía qué era lo próximo. No era la primera vez que intentaba aquello conmigo. Pero esta vez no iba a tolerar que sus labios se posaran sobre mi nuca.   
           
— Porque a cambio quiero que me dejes en paz de una vez por todas.
           
La voz brotó, frágil y entrecortada, de entre mis labios. Las mejillas me ardían por la vergüenza, y su excesiva proximidad estaba haciendo estragos en mi sistema nervioso. Con las manos temblorosas agarré las suyas y las aparté de mí con una brusca sacudida. Una irónica carcajada quedó flotando en el aire, y decidí que había llegado el momento de mostrarse firme.
           
— Quiero que me dejes en paz, Ángel — repetí, dándome la vuelta de forma que pudiéramos hablar frente a frente —. A mí y a mi familia.
           
Sus doradas pupilas quedaron ancladas en las mías. Mi madre ya me había advertido de la capacidad que los hombres de esa familia tenían para poner ojos de cordero degollado, pero eso no evitó que cayera en la trampa. Entreabrí los labios con la intención de reprenderlo por su falta de honestidad, mas me vi incapaz de pronunciar palabra alguna. Viéndose vencedor en la batalla, inclinó su rostro hacía el mío, al tiempo que apoyaba las manos contra el armarito que había tras de mí, de forma que quedé atrapada por su esbelto cuerpo. Sus labios atraparon los míos con ímpetu inusitado. Traté de zafarme de su agarre, pero él no hizo sino aumentar la presión que su cuerpo estaba ejerciendo sobre el mío. Enredó su lengua con la mía, mientras una de sus manos descendía hacía la curva de mi cuello y la acariciaba suavemente con la punta de sus dedos. Apenas era consciente del contraste entre la vehemencia de sus besos y la dulzura de sus caricias, pues mi mente se había desconectado de mi cuerpo, y apenas era capaz de formular un pensamiento coherente, más allá del nombre de Ángel.
           
Nuestros labios se separaron por un instante fugaz, el suficiente como para que se formase en mi retina la imagen de un vívido color rojizo. Rojo como el vino de nuestra tierra; rojo como la pasión más desgarradora; rojo como la llama de un fuego ardiente y violento, incontrolable. Rojo sangre. Fue entonces cuando me di cuenta del gran error que había cometido. Me aferré con ambas manos al borde de la repisa de madera, sintiendo que las fuerzas me fallaban. Tragué saliva abruptamente, consciente de que en pocos segundos mi cuerpo saciaría la sed de sangre de aquel monstruo sin piedad. Aquél que había acabado con la vida de esa pobre desdichada.
           
Sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra que congeló la sangre de mis venas. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una mirada hambrienta, mientras que sus manos agarraron mis caderas con un ímpetu posesivo y demandante.

— ¿Dónde está el dormitorio?
           
Confieso que aquella pregunta me descolocó. Si su intención era matarme, ¿por qué no lo hacía allí mismo? ¿Por qué en su rostro no percibía otro sentimiento más allá de la lujuria más primitiva? No era aquél el semblante de un asesino, y, sin embargo, esa dichosa imagen rojiza seguía torturando mi mente, reticente aún a abandonarla.
           
— ¿Nuria? — insistió el presunto asesino con voz apremiante, al tiempo que presionaba su duro cuerpo contra el mío. Un gemido de sorpresa brotó de mis labios al percatarme de sus verdaderas intenciones para conmigo.
           
— Ángel, creo que sería mejor que te marcharas — acerté a decir, la voz temblándome por la tensión acumulada. Lejos de hacerme caso, incrementó la presión de sus manos sobre mi cintura. Su mirada dorada recorrió mi pecho, dejando a su paso una estela de deseo incandescente.
           
— ¿Dónde está el dormitorio? — repitió, la impaciencia tiñendo su voz, antes de atrapar el lóbulo de mi oreja entre sus blancos dientes. Una corriente cálida y hormigueante descendió por mi cuerpo, transformando el hielo de mis venas en fuego líquido. Siguiendo mis más bajos instintos, me agarré a su cintura, restregándome desinhibidamente contra su cuerpo.
           
— Al fondo a la izquierda — respondí finalmente con voz jadeante. Ángel esbozó una media sonrisa de hiena que produjo en mí sentimientos encontrados. Apenas era consciente de lo que estaba a punto de suceder. Había dejado de ser un animal racional, quedando sometida a mis deseos más primarios.
           
Un halo de comprensión deslumbró mi mente en el instante en que Ángel me alzó en sus brazos y me condujo hacia el dormitorio. La visión rojiza nada tenía que ver con la sangre derramada. La visión rojiza no era sino una alegoría de la indómita lujuria que nos poseía. Una lujuria escarlata como el fuego. Una lujuria color rojo sangre.