Guy de Maupassant, "Le Horle"

"¿Has pensado que sólo ves la cienmilésima parte de lo que existe? Considera, por ejemplo, el viento, que es la más grande de las fuerzas de la naturaleza. Derriba a los hombres, destruye casas, arranca los árboles de raíz, agita los mares formando olas gigantescas que azotan los acantilados y lanza los barcos contra los peñascos. El viento silba, ruge, brama, incluso mata a veces. ¿Lo has visto? Sin embargo, existe" (Guy de Maupassant, "Le Horle")

martes, 21 de agosto de 2012

"Cueste lo que cueste": James

Buenos días a todos, my dearies. Tras unas merecidas y, sobre todo,  memorables vacaciones, y a pesar de que no termino de encontrarme bien estos días, he decidido que ya era hora de subir al blog el siguiente capítulo de la historia que comparto con Adol, "Cueste lo que cueste". Esta parte la ha escrito él y está narrada desde la perspectiva del príncipe James. Esperamos que os guste y dejéis comentarios. ¡Un beso!
PD. Espero poder subir algún relato o reseña a este blog en breve. Perdón por la tardanza. 


JAMES

Un hombre vestido con una larga túnica color gris atravesó la entrada de la sala del trono y avanzó silenciosamente hacia el fondo de la sala donde se encontraba el trono del Norte. A intervalos se manoseaba su larga barba blanca y entrecerraba los ojos mirando hacia las sombras que danzaban entre la decoración de los techos y los pilares. Las velas estaban casi consumidas del todo y la luz que proyectaban era débil y enfermiza. Al mago no le gustaba aquello pero el gran Ciro había dado órdenes de que en su ausencia, siguieran las órdenes del príncipe. La sala era amplia y cavernosa. Al mago le pareció cavernosa como todas las estancias de aquel maldito castillo. Aquel frío y asqueroso castillo. Incluso allí dentro podía escucharse el sonar de las campanas de todos los rincones de la ciudad. Llevaban todo el día tocando y parecía que no iban a parar nunca. El trono estaba vacío aunque aun se notaba la presencia del difunto rey. Impregnaba las paredes, las sombras, las llamas de las velas. Un mal presentimiento surgió en la mente del mago. James dijo que lo estaría aguardando.
- ¿Príncipe James?
Su voz saltó de un rincón a otro empujada por un eco invisible. Aquello no le gustaba nada.
- Os estaba esperando.
La voz surgió de detrás del trono. Detrás aun continuaba la sala hasta un gran ventanal porticado. El príncipe se encontraba junto a la salida contemplando el horizonte.
- ¿Tenéis nuevas para mí, maestro Adrian?
El mago tomó aire.
- Los soldados se han movido muy deprisa, mi señor. Han llevado a las mazmorras a las mujeres  y los niños y quienes se han resistido…
- Perfecto. Cuantos más se resistan mejor.
- Los que tenían el don…
- ¿Han escapado?
- Algunos.
Por primera vez Adrian sonrió. Sonrió con malicia. Él y sus compañeros habían estado asesinando a todos los miembros de la nobleza que poseían el don de la magia. Un don tan frío como el clima del norte pero aun así un don que ellos podían aprovechar.
- Sea, entonces. Lo que necesitamos ahora es ocuparnos de la nobleza. Haz que el pueblo se reúna ante la entrada del castillo. Que venga también de los alrededores y poblaciones cercanas.
- Bien, mi señor.
- ¿Qué hay de lord Eustace?
- Lo tenemos, mi señor.
Otro mago, vestido de gris como el anterior, atravesaba la sala con pasos enérgicos.
- ¿En serio?
- No ha sido difícil. Bajó la guardia y fue a su palacio. Fue allí dónde lo aturdimos.
- Impresionante, Luca.
- Mi señor.
- ¿Dónde está?
- He dado orden de que lo lleven a las mazmorras, mi señor. No hay riesgo de que pueda huir.
- Pero sin duda algunos de esos nobles que han podido escapar intentará rescatarlo. También a Lucrecia. No podemos permitir que alguien nos estropeé el plan.
- Haré que los encierren juntos y sellaré yo mismo la puerta.
James hizo un gesto y Luca dio media vuelta alejándose de ellos. Adrian se quedó a solas con el joven príncipe. Desde niño siempre había sido guapo, eran aquellos ojos azules los que cautivaban a las mujeres, parecían tan sinceros… Claro que aquello formaba parte de su encanto. James era bondadoso cuando quería pero cuando no… Su padre lo sabía demasiado bien.
 - Manda que callen las campanas – ordenó en tono cortante -. Estoy hasta los huevos de ellas. Mejor, derríbalas.
- Si, alteza.
- Estaré en mis aposentos – añadió James mientras caminaba hacia la salida -. No quiero que se me moleste por ningún motivo hasta que sea la hora de comenzar.
- Como digáis, alteza.

Había escogido como dormitorio una de las habitaciones del tercer piso que daban hacia la ciudad. Prefería tener la entrada del castillo bien a la vista donde podría ver al populacho con el miedo en el cuerpo. Por fin las campanas habían cesado su martilleo y solo se escuchaba el silencio. La alcoba estaba destinada a las visitas de parientes o invitados de alta alcurnia como había sucedido con él, solo que en lugar de enviarlo tan arriba, el rey Henry había dispuesto que su dormitorio estuviera en el mismo pasillo que el de su alteza. James sonrió cínico. El bueno del rey estaba muy agradecido de que salvara la vida, por no decir la virtud, de la hija de su difunto hermano. James había salvado la vida de la princesa Blanca.
- ¿Disfrutando de un rato a solas, James?
El príncipe se volvió sobresaltado llevando una mano al puñal que llevaba al cinto, en el costado izquierdo. Junto a la pared se encontraba una joven de no más de veinte años. Vestía enteramente de blanco, sus manos estaban enguantadas con elegantes guantes de cuero teñido, su capa no dejaba nada a la vista. James nunca había visto mujeres más hermosas al norte de Rivera Dorada con excepción de la princesa Lucrecia pero su prima era aun más bella. Tenía el pelo negro como el ébano, labios rojos, siempre rojos como las fresas y su rostro siempre parecía estar iluminado por una luz propia. Sus ojos eran azul cristalino, tan hermosos que no había zafiro en el mundo que pudiera superarlos. Pero su gran belleza solo era comparable con su ambición.
Ella le miraba sonriente. Estaba disfrutando con el respingo que había dado.
- ¿Por dónde has entrado? – preguntó enfadado por haberse visto sorprendido.
Ella sonrió como una niña que guardaba un secreto.
- Eso es cosa mía.
- Dímelo, Blanca.
- Este castillo tiene muchos túneles y pasadizos secretos. Los conozco todos. Por eso puedo moverme a mi antojo.
- Es de mala educación tener secretos para tu príncipe – respondió él cambiando de actitud y sentándose en el alféizar de la ventana.
- Entonces perdonadme príncipe mío. He venido para hablar con vos – ella fue a sentarse en una silla de ricos grabados -. Sé que ya tienes a lord Eustace en tu poder. Espero que la lista que te ofrecí anoche te sirviera de ayuda.
- Lo ha sido.
- ¿Cuándo mataras a Lucrecia?
- Primero hemos de celebrar un juicio. El pueblo tiene que quedar convencido de que tu preciosa prima intentó asesinarme y acabó con la vida de su regio padre.
- ¿Y mientras tanto? El pueblo no es tonto. Saben que algo va mal. Han visto cómo tus hombres, tus soldados, arrestaban en sus casas a los miembros de la realeza. Algunos señalados por mí.
- Al pueblo lo que le gustan son las conspiraciones palaciegas y las ejecuciones. Pondremos en marcha a lo largo de la tarde unas cuantas.
- Para regodeo general – respondió ella con un escalofrío -. Supongo que yo no podré estar presente. La gente hablaría como está mandado.
- ¿Has tenido algún contratiempo?
- Todos los sirvientes leales a mi tío creen que estoy prisionera en mis aposentos. Mi nodriza de toda la vida vio cómo dos de tus hombres me arrastraban y encerraban bajo llave. Creen que soy tu rehén, al igual que mi prima.
- Debería haberte enviado a una de las celdas.
- ¿Y estropear mi precioso cabello? Eso para Lucrecia. He oído decir que llora día y noche y jura que va a matarte. Seguro que para cuando la saques habrá muerto de frío, acurrucada en un rincón con sus lágrimas congeladas en sus preciosas mejillas.
Ambos rieron la ocurrencia.
- ¿Por dónde has entrado? Deberías decírmelo Blanca. Si hay un pasadizo en mi dormitorio me gustaría saberlo.
- No seas asustadizo James. Nadie vendrá con un cuchillo a matarte. Antes de llegar aquí tus enemigos se perderían, es todo un laberinto allí abajo. Por suerte, yo conozco muy bien el recorrido.
- Eres una arpía.
- Y tú un príncipe muy tonto.

Esa tarde bajó por primera vez a las mazmorras del castillo. Las mazmorras eran un lugar frío y oscuro sólo iluminado por hileras de antorchas que escaseaban a medida que la comitiva se adentraba en el interior de aquel oscuro agujero. Las celdas del norte eran crueles, sus suelos de piedra basta y agrietada por donde aparecían ratas, sus cadenas siempre estaban tintineando, eran una forma de corromper la fortaleza de los prisioneros más fieros. Normalmente, como le había explicado el rey, las celdas del fondo nunca se usaban salvo cuando había un peligro, que el criminal fuera extremadamente peligroso y necesitase una vigilancia permanente, a ese tipo de criminales estaban destinados las celdas sin ventanas, ocultas en intrincados corredores y horadadas en la roca. Se dejaba al reo sumido en una profunda oscuridad y solo se le dejaba comida y agua una vez al día hasta el día de su juicio. James había ordenado llevar a sus prisioneros a esas celdas. Siglos antes, durante las grandes guerras entre el norte, el sur, el este y el oeste, las celdas habían albergado a soldados sureños capturados por los reyes de entonces y confinados en la oscuridad. Desde niño, James había escuchado las horrendas historias de los más ancianos que decían que en el norte los soldados se volvían locos por ver algo de luz, que cuando eran liberados se quedaban ciegos para toda la vida después de salir del siniestro agujero, que los guardias los encontraban muertos de miedo y con el cabello blanco. Decían que había cientos de miles de espíritus vagando a ciegas por los corredores y que sus aullidos de angustia se escuchaban en las noches más frías.
James caminaba protegido por su guardia personal. Docenas de soldados del sur portaban antorchas para iluminar las mazmorras. Pronto comenzaron a escucharse gritos a su paso, mujeres llorando que pedían que las soltasen, hombres que blasfemaban, hombres que gritaban maldiciones y sacaban como podían las manos entre los barrotes para cogerlos. Eran duramente reprimidos por los soldados.
-¡SUREÑO HIJO DE PUTA! – rugió una voz a su derecha. James pudo ver un rostro encolerizado, un hombre con barba entrecana que apretaba la cara entre los barrotes. Lo conocía. Era Harald, un miembro del consejo del rey. No recordaba su ocupación pero le habían dicho que era señor de un castillo más al norte.
- Continuemos mi señor – dijo uno de los guardias -. No es bueno que os quedéis aquí escuchando a este desgraciado.
- ¡JAMES, PRÍNCIPE DE RIVERA DORADA, VOY A COMERME TUS HUESOS, TE CLAVARÉ MI ESPADA POR EL CULO DESPUÉS DE FOLLÁRTELO! – el príncipe no pudo evitar soltar una carcajada -. ¡RÍETE MAMÓN DE MIERDA! ESO ES LO QUE SABÉIS HACER LOS NIÑOS RICOS DEL SUR. ¡REÍROS! NO TE REIRÁS TANTO CUANDO TE HABRÁ LA CABEZA Y JUEGUE CON ESA CABEZA TAN VACÍA QUE TIENES. TE PATEARÉ LOS HUEVOS HASTA QUE TE MUERAS.
- A ese ahorcadlo primero – dijo el príncipe al soldado que le había hablado mientras seguía caminando. Su intención era ir al nivel más bajo.
Siguieron las protestas y gritos. Todos querían saber qué habían hecho para acabar allí. Pertenecían a la nobleza. Era un ultraje. Había mujeres gritando por la vida de sus hijos. Mujeres chillonas y enloquecidas que aferraban a sus llorosos y mocosos hijos entre los brazos.
Fue cuando iban a entrar en el angosto pasadizo que bajaba a las profundidades cuando escuchó con claridad el llanto de un bebé. Le irritaban los bebés llorones. La madre, enfundada en una bata de tela roja acunaba a una niña llorosa entre los brazos. Acurrucados junto a ella había otros dos niños. Al verle, la mujer se levantó y comenzó a llamarlo.
- ¡Piedad mi señor, por favor! Mis hijos no han hecho nada malo. Juro que no han hecho nada. Mi señor abrid la puerta. Mi esposo podrá explicaros…
- ¡Silencio! – rugió un guardia mientras daba una patada a la puerta de la celda. La mujer no se acobardó.
- Por favor mi señor. Solo son niños. Aquí hay niños inocentes. Ellos no tienen la culpa de lo que hayamos hecho los adultos. Por favor.
- ¿Acaso no sabes con quién estás hablando? – inquirió James con ganas de divertirse.
- Perdonadme mi señor, os lo suplico. Pero…
- Sin peros. ¿Qué os aflige tanto mi señora? Creo que habéis dicho que tenéis hijos.
- Son inocentes de todo mal. Mi esposo vendrá por ellos. Si solo pudierais dejarlos marchar. En mi casa estarán a salvo. Os aseguro que no os miento.
- Deja de molestar al príncipe – ordenó a gritos el mismo soldado que había golpeado la puerta.
- ¡Príncipe James! Por favor perdonadme. No os había reconocido alteza.
- Suele pasarme tan al norte. Pero decidme, – prosiguió mientras se acercaba un paso – he dado órdenes expresas de detener a todo aquel enemigo a la corona. No entiendo si os han detenido por qué pedís clemencia para vuestros hijos.
- ¡No hemos hecho nada príncipe James!
- ¿Y quién me lo probará?
- Mi marido es…
- Suficiente – la interrumpió él -. Tengo asuntos que atender abajo.
- Sois un monstruo – ella había comenzado a llorar de manera incontrolable -. Permitís que unos niños inocentes pasen frío y miedo. No saben qué pasa. Mi niña apenas tiene dos años alteza. ¿Qué delito puede haber cometido una criatura?
- Si con tanto afán pedís su liberación…
- Podéis retenerme. Acusadme de lo que queráis pero mis hijos son inocentes de toda culpa. Liberadlos mi señor os lo ruego.
- Abrid la puerta – ordenó el príncipe. Unos soldados obedecieron al instante. Abrieron y empujaron a los otros presos que habían permanecido en las sombras. Otro soldado hizo salir a la mujer y a los niños. Era una mujer delgada y morena que vestía un grueso batín color escarlata. Su hija hipaba contra su hombro mientras que los dos niños de unos siete y cinco años le miraban aterrorizados.
- Mi señor, gracias mi señor. Os estoy altamente agradecida príncipe James.
- No puedo dejar que una madre amorosa tema por la salud y el bienestar de sus hijos en estas celdas tan oscuras. Liberad a estos niños mis señores.
La mujer abrió la boca para agradecer de nuevo pero lo que salió fue un grito de espanto cuando uno de los soldados agarró a su pequeña mientras que otros dos agarraban a los niños. Llevaban sus espadas en la mano. Ella siguió gritando mientras las espadas subían y bajaban tiñéndose de sangre. Todos los presos gritaban aterrorizados. La sangre comenzó a resbalar entre las grietas de las rocas hasta los pies del príncipe que se apartó con asco.
- Haced que esa se calle – ordenó mientras se giraba -. No aguanto sus gritos.
Un soldado había retenido a la mujer mientras asesinaban a los niños. Sacó un puñal de su cinturón y la degolló. Su sangre se mezcló con la de los niños haciendo que el charco aumentase lentamente. Cuando los soldados se llevaron la luz, solo quedó la muerte y el horror entre las gentes que habían asistido al cruel asesinato de los hijos y la esposa de Eustace.

1 comentario:

  1. Me ha parecido interesante conocer que aparte de James, hay más traidores en la familia real. Por otro lado el asesinato es espeluznante :D.

    Estoy impaciente esperando el siguiente.

    Seguid así chicos :)

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