Guy de Maupassant, "Le Horle"

"¿Has pensado que sólo ves la cienmilésima parte de lo que existe? Considera, por ejemplo, el viento, que es la más grande de las fuerzas de la naturaleza. Derriba a los hombres, destruye casas, arranca los árboles de raíz, agita los mares formando olas gigantescas que azotan los acantilados y lanza los barcos contra los peñascos. El viento silba, ruge, brama, incluso mata a veces. ¿Lo has visto? Sin embargo, existe" (Guy de Maupassant, "Le Horle")

miércoles, 25 de julio de 2012

"Cueste lo que cueste": Eustace

Buenas noches, chic@s, aquí os dejo con una nueva parte de la historia que Adol y yo estamos escribiendo conjuntamente, Cueste lo que cueste. Esperamos que os guste, ¡un beso!


EUSTACE

Desde la salida del sol las campanas del templo repicaban sobre los tejados de palacios y hogares humildes haciendo que el eco transportase el sonido alrededor de varios kilómetros. Las campanas se sacudían la nieve y el hielo de aquel frío invierno a cada toque y los restos caían como fino polvo sobre la plaza adoquinada sobre los intrigados transeúntes que cuchicheaban entre ellos sobre qué estaba pasando. El castillo permanecía oscuro y silencioso, el sonido de las campanadas recorría patios y almenas, llenaba torres y saltaba de gárgola en gárgola. Nadie apareció para abrir una ventana o el balcón principal que el rey utilizaba para asomarse y ver nacer el día. Algo estaba pasando.
Desde su palacio, Eustace contemplaba con semblante preocupado el castillo que se alzaba sobre la capital. Colmillos Nevados debía su nombre a la gran cantidad de torres puntiagudas que surgían como si fueran los colmillos de una bestia legendaria, todos ellos estaban cubiertos de nieve y no había palacio que se preciase que no tuviese su propia torre. El palacio de Eustace contaba con cinco altas torres, la mayor, situada en el centro de un espacioso patio de columnas había recibido el nombre de Torre del Invierno ya que en ella siempre hacía frío y ni las propias aves anidaban en ella al revés que en las torres de otros palacios donde eran abundantes en primavera y verano.
En aquel momento Eustace estaba sobre el mirador del torreón principal de su palacio mirando hacia la ciudad. Estaba preocupado. Las campanas del templo solo tocaban de esa manera cuando fallecía alguien de la familia real. ¿Qué habría pasado?
- ¿Ha muerto el rey? – preguntó una voz a su espalda.
Al volverse, Eustace encontró a su esposa, Amy, enfundada en un grueso batín color escarlata. Amy procedía de la pequeña aldea de Manantial, situada hacia el sur donde no hacía tanto frío como en la capital del reino del norte por eso se ocupaba de mantener su hogar en condiciones óptimas gracias a sus poderes.
- No lo sé. Esto me inquieta –dijo mientras le rodeaba la cintura con un brazo y entraban dentro -. Espero que no le haya pasado nada a Henry. Pensaba presentarme a su hija antes del enlace.
- Pero el enlace entre la princesa Lucrecia y el príncipe James es mañana – dijo Amy -. Dudo que pudieras ver a la novia antes de eso.
- Uno tiene sus recursos – susurró él sobre su oído haciendo que ella tuviera un escalofrío de placer. Le encantaba que le hiciera aquello.
- Vamos a despertar a los niños – susurró ella comedida mientras le daba un abrazo.
En ese momento llamaron a la puerta y ante el “pase” de Eustace entró una criada vestida con gruesas prendas de abrigo y con las manos dentro de sus amplias mangas.
- hoy hace un frío de mil demonios – dijo la mujer suspirando pesarosa.
- ¿Sucede algo Marcia? – preguntó Amy soltándose de su marido -. ¿Es Ruby?
- Pues así es mi niña. Esas condenadas campanas la han despertado desde muy temprano y no consigo consolarla. Quizás su madre pueda…
- Vamos, vamos.
Las dos abandonaron la habitación y Eustace se bañó y vistió en el confortable aso para después acudir al gran comedor donde sus dos hijos mayores de seis y cuatro años desayunaban junto al gran fuego de la chimenea. Greg y Jeremy lo saludaron alegremente.
- ¿Han dormido bien mis pequeños? – preguntó abrazándolos.
- ¿Qué son esas campanadas, padre? – preguntó Greg.
- Son las campanas del templo. Creo que ha pasado algo en el castillo. Iré a ver qué ha sucedido.
- Tiene que haber pasado algo malo, ¿verdad, padre?
- No lo sabremos hasta que me presente allí. No os inquietéis hijos. Mañana estaremos celebrando el enlace de la princesa Lucrecia, ya lo veréis.

Eustace salió de su palacio sin escolta como era su costumbre y caminó a lo largo de las principales aterías de la ciudad abriéndose paso entre mercaderes y transeúntes que hablaban en grupos y gesticulaban excitados. Los rumores eran confusos pero no les hizo el menor caso. Hablaría con Henry nada más llegar. Seguramente habría muerto el Sumo Sacerdote y por eso las campanas repicaban sin cesar. Deseó hacerlas callar con su poder pero algunos lo verían como una completa descortesía hacia los difuntos pero lo cierto y verdad era que Eustace odiaba las campanas.
Para llegar al castillo había que atravesar toda la ciudad y llegar hasta una enorme plaza llamada de la Libertad, llamada así desde hace doscientos años cuando el norte libró su batalla final por los territorios expulsando a los mercenarios y asesinos del oeste y a los seres profundos del Bosque Sombrío. Algunos pensaban que en aquella plaza había corrido la sangre de la gran sacerdotisa, la líder del bosque, una mujer de impresionante belleza que cautivaba a los soldados y los hacía perecer con una sola mirada.
Pero la Plaza de la Libertad estaba ahora abarrotada de gente que estaba ante las puertas del castillo. Al otro lado de la plaza se abrían las impresionante doble puerta de duro acero y reforzadas con complicados y antiguos hechizos. Eustace, muchos años atrás, siendo un niño, acompañó a su padre al castillo cuando fue coronado el rey Henry, aun recordaba el cosquilleo que le produjo la magia cuando puso una de sus manos en la enorme puerta.
“Eso quiere decir que la puerta te reconoce como un igual y no vienes a causar problemas – le dijo su padre en aquella ocasión. Sin embargo ahora no sentía nada.
La gente se arremolinaba ante las puertas cerradas a cal y canto. Se abrió paso como pudo entre curiosos hasta encontrar rostros conocidos como el de lady Olga, una mujer voluminosa casada con ser Arthur, un caballero al servicio del rey. También pudo ver a lord Richard y lady Joanna hablando a gritos con otros caballeros. Eustace se quedó de una pieza al reconocer la vestimenta de los caballeros. Eran de la Guardia Real. En ese momento sintió una mano en su hombro y al volverse se encontró cara a cara con un joven alto y de cabello rubio dorado. Era ser Erik, uno de los guardias reales.
- ¿Qué está pasando ser Erik? – preguntó sorprendido de verle allí -. ¿Por qué están cerradas las puertas?
- No nos dejan pasar mi señor – respondió Erik también preocupado -. Yo estaba en casa de mi hermana cuando escuchamos las campanas. Al llegar encontré que mi puesto de guardia estaba ocupado por soldados del príncipe James y no me han dejado pasar. Lo mismo les ha pasado a camaradas míos cuando han intentado penetrar en el castillo. Dicen que el rey y la princesa han muerto pero no sabemos nada. Nadie ha entrado ni salido del castillo.
- ¿Qué hay de vuestra habilidad ser Erik? – preguntó Eustace en un susurro lo bastante alto para hacerse oír entre el tumulto de gente. Ahora llegaban más ciudadanos atraídos por los gritos y los rumores corrían como el agua. Eustace escuchaba cada vez más que Henry estaba muerto, que ella lo había matado, que la princesa estaba prisionera en el castillo, que el príncipe sureño les había hecho algo malo.
- No puedo hacer nada – respondió Erik asustado. Se miró las manos e intento hacer un movimiento pero no sucedió nada -. Es como si mis poderes se hubieran esfumado, mi señor.
- Tenemos que entrar al castillo, Erik – dijo Eustace -. Intentaré pasar, tú ve a buscar a tu hermana. Tal vez a ella le esté sucediendo lo mismo.
Erik asintió y echó a correr entre la multitud mientras que el otro se abría paso en dirección contraria. Algunos se apartaban para dejarlo pasar conscientes de su importancia, otros tuvieron que ser repelidos amablemente y con decir amablemente quiere decir que Eustace se sirvió de crear un escudo a su alrededor que empujaba a todo aquel que no se apartaba. Muy pronto estaba ante las puertas custodiadas por una fila de soldados sureños. Mientras que la Guardia Real llevaba cotas de malla y estaban provistos de espadas para mantener la paz y la seguridad del castillo, los soldados del príncipe James estaban armados hasta los dientes con puñales, mazas, espadas, lanzas y escudos. Llevaban además armadura que los cubría por completo con el escudo de un sol dorado sobre el pecho de las armaduras y escudos.
- Nadie puede pasar – le informó una voz áspera desde el interior del casco cuando se acercó a los soldados que enseguida cruzaron las lanzas unos con otros como señal de advertencia.
- Eso ya lo veo – respondió Eustace -. Quiero ver al rey.
- Eso es imposible – respondió el que hablaba -. Tenemos órdenes de no abrir las puertas.
- ¿Quién ha dado esa orden?
- No puedo decir más.
Eustace dio un paso al frente y su interlocutor le puso rápidamente la lanza en el pecho. Eustace apretó los dientes y segundos después el soldado soltó un alarido de dolor dejando caer la lanza al suelo, el mango humeaba y el soldado se quitó a toda prisa un guante forrado de mallas de acero que estaban al rojo. Rápidamente otras lanzas apuntaron hacia Eustace quien estiro ambos brazos y los hizo volar por los aires varios metros hasta caer pesadamente al suelo. La gente comenzaba a observar sorprendida y más cuando el joven cerró el puño ante la puerta. Un segundo más tarde la doble puerta se abría de par en par golpeando con furia las paredes de piedra del interior. Se escucharon unos gritos y todos vieron soldados sureños al otro lado, algunos en el suelo y otros corriendo hacia las jambas de las puertas. Eustace había atrapado sin duda a un par de ellos al otro lado.
Todos, nobles y populacho se abalanzaron al interior del castillo adelantando a Eustace, quien prefirió desaparecer para después aparecerse en lo alto de la escalinata principal del interior del castillo. Soldados del príncipe corrían hacia la entrada principal sin darse cuenta de su entrada y caminó por los corredores en dirección al dormitorio del rey situado en el ala este. Encontró un grupo de guardias en el corredor del segundo piso y los repelió con un impulso como el que había dado en la plaza. Siguió adelante hasta llegar al dormitorio del rey. Lo que vio lo dejó de piedra.
Henry estaba tendido en el suelo junto a la cama con los brazos y las piernas extendidos. La sangre había corrido por su cuerpo y formaba un charco a su alrededor. En el suelo, un puñal con incrustaciones de rubíes y zafiros con un nombre grabado en la hoja. Era el puñal de Lucrecia.
- Lord Eustace.
Al volverse encontró al príncipe James en la entrada del dormitorio. Se le veía agitado y confuso. Sus enormes ojazos azules revelaban premura y su amplia musculatura estaba definida por un reluciente jubón de cuero brillante. Lo acompañaban dos hombres vestidos de gris. Uno de ellos con larga barba blanca y el otro luciendo un poblado mostacho negro.
- Príncipe – se limitó a saludar Eustace. Se volvió hacia el cadáver del rey. Henry tenía los ojos completamente abiertos y su largo cabello gris esparcido alrededor de su cabeza como una aureola.
- Imagino que ya sabéis lo que ha pasado – dijo James adelantándose -. Lucrecia asesinó a su padre durante la noche. No sé cómo ha podido suceder. Creo que está loca…
- ¿Cómo puedes decir eso? – preguntó Eustace enfadado -. Eso es imposible.
- No, no lo es – respondió James -. Lucrecia dijo que no iba a casarse conmigo. Quería el poder para ella sola y declarar la guerra al sur.
- Eso no es verdad – respondió el otro volviéndose a medias hacia los dos acompañantes de gris -. Henry me habló de Lucrecia hace unos días. Dijo que estaba deseando casarse. Que os amaba.
- Vos no conocéis a Lucrecia – replicó James -. Intentó matarme a mí también.
- Nosotros fuimos testigos – intervino el hombre de la barba -. Tuvimos que intervenir para evitar que la princesa asesinase a su alteza.
Eustace los miro boquiabierto. James le dio la espalda.
- EL rey me habló de vos, Eustace. Dijo que vuestro padre fue como un hermano para él. Por eso tenéis que ayudarme. De todos los que nos encontramos en el castillo, vos sois el más poderoso. Habéis llegado hasta aquí sin ayuda de ningún tipo…
- Un poder enorme, alteza – dijo el hombre del mostacho negro. Su voz no gustó nada a Eustace.
- Un poder como el vuestro podría serme de gran utilidad.
Ahora sus maneras habían cambiado. Los ojos le brillaban y sonreía con altanería. Los hombres grises dieron un paso hacia Eustace.
- ¡Atrás!
Eustace extendió una mano y una llamarada dorada impactó sobre el hombre de la barba lanzándolo contra la puerta. El del mostacho se lanzó contra él y rodaron por el suelo. James sacó su espada de la vaina y la puso en el cuello de Eustace listo para acabar con él.
- ¡Esperad mi señor, aun tenemos que sacar todo su poder! – gritó el hombre de la barba desde el suelo. Aquello hizo vacilar al príncipe el tiempo justo para que Eustace se escurriera en el suelo como el agua que se derrama de un vaso. Cayó de espaldas sobre una superficie dura en el piso inferior. Era una larga mesa de madera oscura. En aquel momento se abrió la puerta y por ella aparecieron los guardias reales.
- ¡Lord Eustace!
Se trataba de ser Esteban, el capitán de la guardia. Eustace sonrió por primera vez desde aquella mañana.
- Me alegro de verlo.
- Han tomado el castillo – le informó el capitán mientras corrían por el corredor -. Ese mago tiene encerrada a la princesa en las mazmorras. Le ha quitado sus poderes.
- ¿Lucrecia está viva?
- Sí lord Eustace. Yo estaba de guardia cuando esos cerdos sureños llegaron. Asesinaron a mis mejores hombres y a mí me tomaron prisionero. El príncipe James quería que rindiera el castillo pero me negué y entonces me encerraron con la princesa.
- ¿Cómo está ella?
- Destrozada. El príncipe mató a su padre después del banquete. Después de retener a algunos de los nobles los ajustició al amanecer. Por eso tocan las campanas.
- Que hijo de puta.
- Están buscando a todo aquel capaz de hacer magia. Tenéis que esconderos.
- No puedo. Tengo que poner a salvo a mi familia – dijo Eustace deteniéndose de repente.
- Id, aprisa. Nosotros intentaremos rescatar a la princesa pero daos prisa mi señor. Los magos del príncipe pronto acabarán con nosotros.

Su dormitorio estaba destrozado. Había tres cadáveres en el suelo. Marcia estaba tendida sobre la alfombra donde apenas aquella misma mañana Eustace había abrazado a su mujer. La criada había recibido múltiples cuchilladas al igual que los otros dos sirvientes. Uno de ellos aun tenía los ojos abiertos.
- Lord…
- Gabriel.
Gabriel había sido el palafrenero de su padre. Un anciano leal y bondadoso que lo enseñó a montar a caballo cuando era un niño. Ahora vivía casi retirado de todo servicio junto a su familia alojados en el palacio.
- ¿Qué ha pasado Gabriel?
- Entraron al poco de marcharos… mi señor… se llevaron a la señora y los niños… mi, mi familia…
- Te sacaré de aquí – dijo el joven mientras metía un brazo bajo el cuello del anciano.
- No… los han matado a todos pero la señora y los niños… vi cómo mataban a mi hijo… mi hijo menor…
- Serán vengados, te lo prometo.
Pero el anciano ya había muerto. Eustace le cerró los ojos con suavidad y lo depositó en el suelo con cuidado.
En ese momento todo se volvió negro.

1 comentario:

  1. Chicos.... fantástico. Me ha encantado el capítulo. Ya me he quedado con la intriga de por qué van a por todos los que tienen poderes.. Estoy deseando leer el siguiente porque de verdad que engancha y situáis perfectamente al lector en vuestros lugares, en este caso con el palacio, el castillo, la ciudad...etc. Me ha gustado mucho así que ÁNIMO.

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